LA RISA, COSA SERIA..

“REÍTE NOMÁS”

Se dice, se sabe, se cree; “parece ser que” la risa hace bien. Es un aserto que abarca desde ser “un lugar común” hasta para muchos entendidos con lo espiritual, es una verdad en este aspecto de la vida.

Hay algunas definiciones por ahí de lo que es la risa; en general malas, escasas o parciales. Más allá de buscar y lograr alguna descripción acertada y con la que la mayoría convengamos que “eso es la risa”, lo cierto es que todos bien sabemos lo que es reír.

Lo primero que viene a la mente en cuanto se habla de reír, es que hacerlo nos hace sentir bien. Lo otro que enseguida emerge es el carácter explosivo, o intempestivo, o involuntario o reflejo del acto de reír.

Hay bastantes estudios que han mirado hacia el lado físico de los efectos de reír, y los describen beneficiosos. Por otra parte, todos llegaremos fácilmente a convenir que “es mejor reír que llorar”.

Su carácter o aspecto incontrolable, en buena medida, hace que a ella se la puede buscar evitar, reprimir. La risa a veces tiñe de un carácter informal, desconstraído, irrespetuoso o poco solemne a un momento o circunstancia, y ello nos lleva a que, si adviene de todas maneras, busquemos rápidamente contenerla; “por inadecuada”. Lo cual no siempre nos es posible, ni siempre nos hace bien.

Si bien ese carácter reflejo o incontrolable de la risa, también es cierto que se la puede provocar. En un contexto determinado, en un asunto determinado, en un momento, lugar y circunstancia determinados, podemos estar de hecho más propensos a reírnos, y hasta a hacer porque la risa surja o se sostenga.

El disfrute de reír no se circunscribe al interior de una persona. Sus manifestaciones son múltiples, y todas o su mayoría, son más o menos estentóreas, visibles, externas. Por ello, quien ríe trasmite su risa e invita o promueve la misma en otros, que cercanos o afines al contexto que le dió lugar. Eso le da un carácter adicional de socializadora, genera un compartir involuntario, inesperado o promovido, en general por más de uno.

Las sensaciones alrededor del acto de reír son variadas y hasta complejas, por decirlo así, siendo que además de tener sus manifestaciones físicas típicas asociadas, sus efectos instantáneos son muchos más. Hemos citado recién, el efecto externo, “social”; y se verá más adelante, los efectos psicológicos o hasta espirituales de reír.

En el momento de reír hay una sensación dominante que hace cesar, prácticamente, todo otro aspecto del momento y lugar en que quien ríe esté. Nos domina una sensación explosiva, incontenible, que desplaza a cualquier otra postura o consideración. Esto hace que muchas veces el reírse resulte incómodo y también, inadecuado.

Pero, centrándonos en lo que nos pasa a quienes reímos, a quien ríe, digamos que se sobre impone al tono general en que veníamos estando, un “espíritu” o ambiente o tinte difuso pero muy concreto y potente, que hace que de hecho “nos olvidemos” de casi todo lo demás (aunque muchas veces, segundos después, apenas, reconstituyamos voluntariamente y mediante la represión de lo que sentimos, el ambiente actual al previo, o a uno más adecuado que el resultante de la explosiva, intempestiva risa que emergió).

Esta potencia que tiene el reír, su tinte, tono, color de goce con el que indudablemente cuenta, así como el hecho de que por ella, se “desplaza” a casi que todo otro contexto -sobre todo interior, individual, propio- ello hace que reír “nos atraiga”, nos guste; que busquemos hacerlo; que convengamos muchas veces promoverlo; con la intención, en la búsqueda de, con la pretensión de generar esos y muchos otros más (la socialización, por ejemplo) efectos agradables de reír, y de controlarlos y administrarlos.

Todos somos bien concientes de que el flujo constante, irrefrenable casi, de nuestra conciencia habitual (“lo que pensamos”) nos “lleva” por muy variados lugares internos, en lo que pensamos, en lo que sentimos, en cómo nos sentimos; y en consecuencia, y variando de una a otra persona, en lo que hacemos con ese fluir que vivimos, interno.

Este, propio, único y a veces hasta insondado en toda su inmensidad, este “nos somete” (con algún grado de control de la voluntad) a un “estar” complejo, interactivo con lo que nos pasa y dependiente de un cómo que depende en algo de nosotros, pero en mucho más, talvez, de otros que no nosotros.

En general, muy en general, este proceso interno “de pensar” va surcando senderos que acompasan nuestro ánimo a nuestras circunstancias. El mismo va resultando de nuestro empeño, de nuestro hacer, de quienes somos, de cómo nos somos; de nuestras expectavivas, etc.

Muy en general, y en todo caso a los efectos de lo que queremos trasmitir aquí, muy en general ese decurso del flujo de pensar nos transporta a momentos, ambientes, circunstancias, hasta “pensamientos” no agradables, molestos, exigentes, tensos; los que invitan, por ese sentirnos mal, a “hacer algo por” salir de ellos. Dependerá de muchas cosas, y sobre todo de cada uno, si esto se da, cuánto y cómo, y si eventualmente prepondere sobre otros sentires internos. Así como su frecuencia y oportunidad (no a todos nos hace sentir tensos, por ejemplo, lo mismo).

Planteado este escenario para continuar con nuestras consideraciones, lo que vamos a expresar ahora tiene que ver con una actitud bastante usual, natural incluso, pero no inevitable (y sana de evitar o controlar, en cierta medida y muchas veces) de “zafar” de nuestro “sentir”: vale decir, de reprimirnos en lo que no nos gusta, nos molesta, no controlamos, nos lastima, etc etc.

(Filosóficamente, nuestra preocupación hoy sobre esto reside en el credo de que todo lo que nos pasa, interna y externamente, es aprovechable a nuestro favor; así, la actitud de rechazar, de negar, de prescindir, de reprimir “parte” de lo que nos pasa, es, al menos, una desgraciada actitud en función de lo dicho. Puesto que, al cercenarnos parte de nuestra vivencia concreta, estamos ciertamente coartando nuestra posibilidad de mayor conciencia, de mayor conocimiento y aprendizaje, de mayor comprensión, de tanto lo que nos pasa pero sobre todo de nosotros mismo. Vale decir, que haciéndolo, obstamos a, mediante la autoconciencia -y el amor propio- conocernos más y mejor en quiénes somos, para desde allí, eventualmente y también desde lo constructivo, lo amoroso, con la mejor intención, elaborar nuestras realidad para seguir adelante en el proceso de vivir, siéndonos cada vez más quienes realmente somos, y convirtiéndonos cada vez más -otra parte del credo- en una mejor persona, en un ser humano más íntegro, y por todo ello, propendiendo a un estado de alegría, de goce, de sana felicidad conciente, en nuestra vida y también afectando en el mismo sentido a la de los demás).

Retomando el hilo planteado, otro lugar común, cierto, sabio, constatable, real, es que “todo va en la medida en que sea”. Vale decir, los extremos, los excesos, los abusos, las carencias, pueden tornar “un algo”, de benévolo o benéfico, “positivo”, en todo lo contrario; o al menos coartar aquellas, sus primeras o más típicas o esperadas cualidades.

Esto vale para todo. Y también, creo, vale para la risa.

¿Por qué nos ocupamos de esto hoy?

Es notorio, o al menos eso creo, que estamos en una época de superficialidad. En un momento de la humanidad en donde vivir ha cambiado grandemente con respecto a no tanto tiempo atrás. Este cambio pasa, se constata en muy variados aspectos de la vida: tanto materiales como psicológicos y hasta espirituales.

En lo material, el progreso tecnológico ha “trastocado” grandemente el estilo de vida de los viejos tiempos, incorporándonos en forma perentoria y de cierta manera “desconsiderada” a una actualidad en donde todo es más rápido, en donde muchas cosas son más fáciles, en donde las preocupaciones son diferentes, en donde los estilos han cambiado, en donde las conductas, las expectativas, los valores y los sueños son diferentes a los de antes. Muy diferentes.

El sustrato más visible y aceptado por todos de hoy, es el consumismo. Esto es, hoy, el placer de vivir, el realizarse, el disfrutar, el tener éxito pasa mucho más que antes por la prosecución/consecución de un algo tangible, material o émulo, o sucedáneo.

Hoy vivimos en una parafernalia en donde el “tener” importa mucho más que el “ser”. El “lograr” es el motor primero, dejando cual secundarias al menos, algunas otras cuestiones que antes pesaban más; como el modo, la oportunidad, y el contenido concreto que se pretenda lograr.

Las conductas humanas, que son el caldo de cultivo y “sus hortalizas” también, de la “sopa” que es la sociedad, las conductas humanas muestran también esos cambios. Y es fácilmente visible la rapidez, el apuro, la fruición, la ansiedad, hasta la “obligación” de cumplir con las hoy convenidas, pautas de vida que “nos muestren” (¿?) como felices, exitosos, disfrutando de la vida; realizados.

Por así decirlo, en el conjunto de las conductas actuales, pesa mucho la búsqueda del placer, el logro de las satisfacciones. En esto, y como siempre fue así la vida, en esto suelen aparecer dificultades, obstáculos, impedimentos, demoras; como siempre las han habido. “Somos”, más o menos todos, una “generación” de sibaritas, de empeñosos procuradores de placer, hedonistas a ultranza. Y esto no está tan mal, pero talvez sí lo de “a ultranza”.

Las referidas condicionantes habituales de la vida, en cuanto a que la vivamos a plenitud y goce (esto, en la medida y forma en que cada uno lo defina), esas condicionantes hoy son mucho más intolerables para la mayoría de la gente. Hay, sin dudas, una menor tolerancia al fracaso, una mayor ansiedad por el logro, una “tirria” a todo lo que obste, aún transitoriamente, a un proceso -que se pretende lineal, o casi- de ir logrando lo que nos hemos ido pautando como “necesario” para que nuestra vida sea como dijimos, plena y gozosa.

Esto, que exterior, visible, constatable, esto es el reflejo, es el correlato externo de una semejante actitud interior. Una actitud interior que ha ido exacerbando el rechazo a vivir todo lo que no sea simplemente alineado con el goce, con el logro, con la “felicidad”. Una actitud que, como vimos, propia y natural humana, la que hoy se ha vuelto extrema, en base a los nuevos preceptos culturales de formas, tiempos, contenidos y “permisos” para todo lo que se apetece lograr.

En consecuencia, no estamos si no extremando un comportamiento natural humano, de alejarse de aquello que no le gusta, que le molesta, que no sabe, que por alguna hasta obtusa, arbitraria razón, “no quiere” para sí. El balance anterior, antes de esta complicada época, eran: la conciencia de lo trascendente de la vida, la noción de que crecer es importante para todo y para todos, la actitud respetuosa, amorosa, con todo lo que la vida presenta, la sabia comprensión de que en ella, no todo es bueno, liviano, “positivo” en el sentido banal en el que hoy nos manejamos. Esas, y otras muchas cosas que oficiaron de balance a la actitud de cómo vivir, esas se expresaron, cuajaban en los modales, en las buenas costumbre, en los valores, en la moral, en el concepto de buena gente y de un buen hacer.

Es justamente en la erosión que han sufrido esas cuestiones que contrabalanceaban el vivir, haciendo que este no se viera como hoy sí, en un simple proceso mecanicista, materialista, de prosecución y de consecución de placeres y de otros hitos o materialistas, o vanos, si bien no materiales. Es en ellas que hoy se ve claramente “el efecto millenial”, el despliego y el efecto de ese sustrato de la vida actual, con todas sus aberraciones, con sus extremismos, y con sus sesgos, errores, sus prescindencias, de lo otrora sabido, consabido y vivivo habitualmente, profundo y sano; y del cese casi total, de otras consideraciones, allende a las de “supervivencia” (esta, además, vista en el contexto ya descrito, de imperiosas y vanas necesidades, artificiales las más).

¿A qué viene todo esto, a propósito de lo inicial, lo de la risa? A que en esa liviandad actual, en ese superficialismo asumido, a esa liviandad moral y ética, la risa ha tomado un papel relevante para consumar esa liviana actitud de vivir pero “consumiendo” todo, y hasta la propia vida.

Como vimos arriba, la potencia intrínsica que conlleva la risa, la ha vuelto un recurso que apoya fuertemente muchas de las actitudes actuales que subyacen o que son evidentes en esta época, en esta sociedad de hoy.

El caracter evasivo de la realidad, que la risa puede generar, puede conllevar; el cambio del tono de gravedad, de solemnidad, de reverencia o de respeto, que la risa puede acarrear; el goce momentáneo, explosivo, sustituyente “automático” de otros incómodos sentires; todo ello, al menos, hace que la risa, hoy, sea una buena herramienta para vivir como hoy se concibe que está bien vivir.

Esta realidad se la puede constatar en casi todos lados: los espectáculos hoy son cada vez más livianos, apelan sistemáticamente a la risa, y para hacerlo, lo hacen desde casi que cualquier punto de vista: de la burla, de la sátira, del humor denigrante; de los contenidos que habitualmente generan “humor”, aún cuando estos puedan ser discriminatorios, violentos, enfermizos.

Esta realidad también se la constata en el poco “peso” de lo profundo, de lo sano, de lo tradicional (esta palabra es hoy casi una mala palabra).

Socialmente, las exigencias de antes, para llevar adelante un acto social, una reunión, un evento, hoy pasan mucho más por ya no sólo el consumo de determinadas y pautadas bebidas, humos o comidas, sino que también hoy simplemente se busca “´pasar el rato”, “divertirse” o “entretenerse”, sin mayores ulterioridades. Hoy, “pasarla bien” es, mucho más que antes, ya no sólo atender el consumo sino realizarlo con excesos, incluso barriendo con las limitaciones sociales anteriores que dichos abusos -o algunos contenidos, como la droga- limitaban -y sanamente- un hacer social, y conllevaban y propendían a una vida en colectivo pautada por actitudes y comportamientos más sanos, profundos, conducentes; vitales.

Hoy, tanto en radio como en televisión, podemos fácilmente encontrar propuestas cuyos contenidos se basan, casi que exclusivamente, en generar la risa: los bloopers, el cotilleo liviano sobre “personajes” también livianos, si no vacíos; la burla de ya no -como siempre lo hubo- las autoridades sino también de lo institucional, a través del ridículo, a través de una crítica velada, de un juicio lapidatorio para quienes por su forma de ser y talvez por su quehacer o formación, aún mantenemos en ciertos grados, el respeto, la formalidad, la solemnidad, la esencialidad de las cosas en la vida.

Hoy, reírse está bien visto.. y no importa ya casi de quién ni qué conlleve o suponga ese reírse.. Hoy, las masas ríen, fácilmente, se regodean en una risa fácil, generan códigos que apoyan un quehacer liviano, y viven así imbuídos en una realidad alterada, manoseada y pervertida por las pautas que, implícitamente, van generándose, para que “todo” sea risible, objeto de risa, coadyuvante para reir ..

Este panorama penoso no sólo lo es por su contenido, por lo que trasunta o evidencia, sino porque no propende a otro que no sea él mismo: hay una realimentación positiva, en la liviandad, en la vida sin “complicaciones”, en la vida laxa de preceptos morales y estéticos. Lo que se vive “goce” y es “fácil”, se tiende a repetir. Sobre todo cuando, como ya dijimos, los contrapesos anteriores -en personas y en valores, en actitudes y en acciones de vida concretas, antiguas- esos contrapesos hoy están soterrados, pervertidos o lisa y llanamente muertos, desaparecidos.

Reír está muy bien .. Es un acto de goce, íntimo, interno, positivo, socialmente conducente .. Reír es también un acto espiritual, en donde se da una integración -por la risa- de contextos que racionalmente pudieran no haberse visto integrados. Es una válvula de escape pero también una vía de acceso a nuevas formas de vivir, a nuevas vivencias a partir de lo conocido y habitual.. Reír es sano, intrínsecamente, porque nos conecta, nos evidencia, nos abre los ojos, nos lleva a los demás, nos junta, nos enseña .. Pero, y como todo es, si nos permitimos verlo, todo es bueno, en la medida en que es bueno: el desmadre, el exceso, la torcedumbre, la negación, la parcialización, el rechazo, la elección dolosa hacia otros lugares que no sean los naturales, todo ello alimenta, sostiene y propende una manera de vivir como la de hoy, en donde “todo es motivo de risa” y nadie o casi nadie se da cuenta de su contracara: del irrespeto, de la inconciencia, de la elección torcida hacia una menor conciencia; de la negación implícita de tomar la vida en toda su extensión y esencialidad, complejidad y diversidad .. A valorarla en tanto oportunidad, en la que habrán cuestiones que no se sientan agradables pero que de alguna manera que talvez cueste o que no se logre comprender, sin embargo conducen a que seamos, todos y cada uno, más humanos, más integrales, más sanos, más esenciales, honrando profundamente por serlo, esta oportunidad única que es la vida ..

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LAS COSAS COMO SON

Si planto una semilla de naranjo, no obtengo un limonero de ninguna ideológica ni cultural manera.

Si una perra tiene cría, ninguno de sus vástagos devendrá en gato, de ninguna ideológica ni cultural manera.

Si la hembra humana tiene cría, ella resulta o bien macho o hembra (niña o varón). Y ello es invariable, independiente de la voluntad, de ideologías o de culturas (descartamos los sujetos nacidos hermafroditas, por ser estos (si bien personas también, lógicamente) tan sólo anomalías que no se sustentan en sus descendencias; o sea que no constituyen otra cosa que no sea una anomalía).

La semilla deviene en su destino mediante el desarrollo natural programado y bien definido para la especie. Las variantes que se le puedan imponer a aquella, por desarrollos alterados expresa o accidentalmente, no hacen más que variar en cualidades el resultado, sin cambiarlo de categoría, género o especie.

Una cría de una cierta especie, deviene en su destino mediante el desarrollo natural programado y bien definido para la especie. Las variantes que se le puedan imponer a aquella, por desarrollos alterados expresa o accidentalmente, no hacen más que variar en cualidades el resultado, sin cambiarlo de categoría, género o especie.

Una cría humana idem.

El desarrollo científico ha permitido que, mediante manipulación genética, sujetos de una determinada especie adopten cualidades específicas y bien determinadas, de otras especies. Surgen así los transgénicos.

La manipulación genética en animales, idem anterior.

Todo esto, hecho con declarado propósito de “mejorar” las especies, dotándolas de cualidades que le son de interés al ser humano, para su explotación.

Al momento de hoy, no tengo conocimiento de análogas manipulaciones en sujetos humanos, con análogas o semejantes intenciones, de “mejora” de la especie. En todo caso, en ningún caso real, posible, en desarrollo si es que lo hay, o fantástico, es previsible que tales manipulaciones (que son artificiales, intencionadas y rebuscadas, a la medida de un interés concreto humano) dichas manipulaciones conviertan a un género en otro, o a una raza en otra; etc etc.

Dado un determinado sujeto humano, su desarrollo natural lo irá cambiando, llevando a que termine siendo un adulto desarrollado. En dicho desarrollo natural no es de esperar, es imposible que este cambie ese “destino genético” (de especie) que tiene.

Dado un sujeto humano, su desarrollo natural va siempre acompañado de un desarrollo contingente muy intenso, el que abarca, incluye factores tan diversos tales como lo familiar, lo social, sus circunstancias materiales, su época, lo que contingentemente resulte del decurso de su existencia; etc etc.

Este proceso es un proceso de desarrollo, vale decir que por él se van cumpliendo básicamente las etapas naturales que le están predeterminadas como especie, y como sujeto concreto inserto en una realidad imprevisible y actuante, condicionadora con cómo se da ese proceso natural.

Ese proceso de desarrollo jamás tuerce, y menos al punto de deformarlo, aquel proceso natural. Pero el resultado de el mismo, del proceso, o sea el sujeto en concreto que se va desarrollando, tiene un espectro infinito de resultados posibles, de variantes de perfil, de cualidades, de “formas de ser”, posibles a adquirir en el proceso global de desarrollo; en cuanto a todos los demás aspectos propios de un ser humano, excepto aquellos que nos vienen prefedifinidos por naturaleza. Vale decir que NO EXISTE PROCESO TAL QUE CONVIERTA UN SER HUMANO, EN TANTO ENTE BIOLÓGICO, EN OTRO DE OTRA CUALIDAD, GÉNERO O ESPECIE.

Los factores extra natura que influyen en el desarrollo de un sujeto humano, lo van conformando en aspectos comportamentales, fundamentalmente. Esta conformación puede provocar ligeras modificaciones estéticas, incluso, del sujeto “predeterminado”. Incluso, y dentro de la misma categoría de cambios posibles, lo afecta en su forma de pensar. Pero nada más.

Vale decir que LA NATURALEZA SE IMPONE, EN SUS BASES “DE DISEÑO”, EN PRÁCTICAMENTE TODAS LAS ESPECIES CONOCIDAS (hay casos de poblaciones animales en que, dada la escasez de machos, una hembra puede devenir en uno, para garantizar la supervivencia de la misma; pero no es el caso del ser humano).

La mayor diferencia y particularidad de la especie humana, frente a las demás especies, es su desarrollo mental (designando así, a muchas variantes del mismo, de la actividad cerebral conciente: racionalidad, afectividad, etc.). Esta cualidad, que lo aleja en concreto en cuanto a sus posibilidades de acción, y de comprensión, de todas las demás especies, es, a la vez, su mayor ventaja, su mayor desafío y SU MAYOR PROBLEMA con el que lidiar.

El hombre, se encuentra inserto en una realidad que lo supera en todo sentido, en dimensión, en complejidad, en formas concebibles; esta es una realidad a la cual vive desde una capacidad propia de ser ese su “sí mismo” que es, en formas muy acotadaas: en formas que ni conoce todas, comprende ni mucho menos domina, controla.

Esta cualidad humana es la que “explica” las sinfines formas en que un sujeto humano “es”, “vive” y “hace”.

Sin embargo lo anterior, estas variantes son meras variantes COOMPORTAMENTALES, no estructurales. Vale decir que, lo que crea, lo que alimenta, lo que propende y lo que sostiene esa DIVERSIDAD de “resultados” comportamentales, esos concretos e indisimulables factores de su existencia y desarrollo, NO SON, sin embargo, los NATURALES, los de diseño, los inherentes a su existencia en tanto tal, en tanto sujeto de una determinada especie, con las definiciones que ello implica, con los “datos” que la naturaleza le doto y que son inevitables.

La incidencia de todo eso que afecta el desarrollo humano se aplica sobre lo que es dato, sobre lo humano, lo natural, lo propio de la especie y lo propio y concreto de cada individuo, en tanto cómo este nació.

Es muy grande e indisimulable el efecto en los hechos que todo esto genera. Es un conjunto de factores que resultan clave en cómo el individuo “termina siendo”, dicho esto en tanto como se COMPORTA. No así, aún siendo primordial sus efectos, no así en lo natural, propio del sujeto.

Vale decir que NO HAY IDEOLOGÍA NI CULTURA QUE PUEDA TORNAR A UN SUJETO EN SUS CUALIDADES NATURALES. EN OTRO, NI GENERAR NINGUNA ESPECIE DE “VARIANTE” EN LO ESTRUCTURAL.

LOS CAMBIOS QUE IDEOLOGÍAS O CULTURAS GENERAN EN LOS SUJETOS SON DE COMPORTAMIENTO, Y NADA MÁS.

Por lo tanto, el ser HOMBRE o MUJER no está sujeto a revisión, a opínión, a correción ni a alteraciones en lo estructural, en lo biológico, en lo propio y natural de la especie y sus parámetros (género, especialmente).

LO QUE LLAMAMOS “HOMBRE” (tomando distancia momentáneamente de lo biológico natural ES UN CONSTRUCTO COMPLEJO, AFECTADO POR LA CULTURA, POR LAS CIRCUNSTANCIAS, POR LA HISTORIA PROPIA, LA CERCANA Y LA HEREDADA.

ESTE CONSTRUCTO PARTICULAR, este, el de un sujeto en concreto SE DISTINGUE ENTRE los OTROS SEMEJANTES, POR SU COMPORTAMIENTO, POR SUS FORMAS DE HACER Y DE PENSAR. SIN DEJAR DE SER bajo ninguna circunstancia LO PROPIO RECIBIDO Y ESTRUCTURAL, que es irrenunciable, que es indisimulable, que es inmutable, que es por ser, porque la naturaleza le impuso eso SER.

LOS QUE SOSTIENEN COMO CUESTIÓN “DE ELECCIÓN”, COMO COSA PROPIA DE “LAS LIBERTADES” CON QUE UN SER HUMANO CUENTA; LOS QUE ADUCEN QUE TANTO LA CULTURA COMO LA IDEOLOGÍA QUE AFECTE A UN SUJETO “EXPLICAN” y justifican que este SE VUELVA “OTRO”/OTRA COSA.. MIENTEN.

Cuando una mentira se monta empeñosamente, se sostiene igual -y en forma violenta y chocante-, cuando se despliegan argumentos falaces, en contraposición con lo evidente pero empujado, llevado adelante por la fuerza de “la moda”, de “lo revolucionario”, del “cambio”, de “lo nuevo, recién descubierto”; cuando todo esto pasa HAY GATO ENCERRADO.

EL HECHO DE IDEOLOGIZAR ALGO DE ESA MANERA SUGIERE QUE O NO SE ESTÁ VIENDO LO NATURAL QUE INCLUYE, O SE LO ESTÁ QUERIENDO TAPAR. En ambos casos, es un penoso resultado, en tren, con miras de un real desarrollo de la Humanidad.

LA REALIDAD ACTUAL DEL MUNDO INCLUYE CASOS EN QUE OSTENTOSAMENTE SE QUIEREN IMPONER NUEVOS PARADIGMAS DE UNA MANERA VIOLENTA, CHOCANTE, IMPERIOSA Y ARRACIONAL. ESTAS ACCIONES TRASLUCEN LA PSIQUIS DE QUIENES ESTÁN DETRÁS DE ELLAS, Y EN TODO CASO, AÚN CUANDO SE PRETENDEN NOVEDOSAS, NO SON MÁS QUE MANIFESTACIONES ACTUALES DE LA MUY DE MODA HOY, TENDENCIA HUMANA A NO SUPERAR, A NO RESOLVER, A NO SANAR SUS PROBLEMAS Y ASUNTOS, SINO A “INVENTAR” “CAMINOS” ALTERNATIVOS” QUE NO LO SON, Y QUE SÍ QUE SON, QUE TERMINAN Y EMPIEZAN SIENDO NADA MÁS QUE MANERAS DE EVITAR EL REAL TRABAJO HUMANO DE CRECER, DE SER MEJORES, DE SUPERARSE, DE SALIR ADELANTE, Y DE VIVIR TODOS Y CADA UNO, MÁS HUMANAMENTE, MÁS AMOROSAMENTE Y EN CONSECUENCIA, MEJOR.

COMO EL SOL.. CUANDO ANOCHECE..

Cuando suman más las pérdidas

Cuando abundan las escaseces

Cuando el frío no atempera

Cuando los vacíos, son,

los que llenan casi todo

Cuando enceguecen las oscuridades

y la luz, .. inexistente

Cuando hay gente

pero ausente

y los cercanos

a la mano

pero en vano

sin un presente

Cuando piensas demasiado

Cuando ves a lo trillado

como un muy lejano pasado

Cuando no arriesgas a la suerte,

ni te atraen las aventuras

si es que rozan zonas oscuras

que aún subsisten en tu mente

Cuando el tiempo, omnipresente,

es un tictac endemoniado, que grita

insiste hasta que duele

que él mismo se va terminando

Cuando esto .. y mucho más,

¡¡mucho menos ya aparece!!

.. y, la esperanza de la paz??:

como el sol .. cuando anochece

CELEBRANDO O CEREBRANDO LA VIDA??

CONSIDERACIONES EVOLUTIVAS PREVIAS.

El desarrollo último del cerebro ha sucedido sobre la estructura existente, ampliándola con nuevas capas y nuevas funciones, sin descartar en absoluto las previas.

Dicho desarrollo se dio a partir del excedente de energía basal, producto del cambio de alimentación herbívora/vegetariana, a omnívora. Ese tal excedente produjo concomitantemente otras alteraciones en la anatomía, en la fisiología y en la apariencia y comportamiento humanos: acortamiento del intestino, desarrollo superlativo de la corteza cerebral, integrándola a viejos y nuevos procesos cerebrales, erguido en dos patas, mirada al frente, cambios en la fisonomía corporal y de la cabeza; etc etc.

Los cambios en el entorno del hombre, en la forma de vida de este, en cuanto a formas y riesgos de sobrevivir, conllevaron una especialización de las partes anatómicas heredadas, manteniendo su funcionalidad original pero ahora vertiendo su trabajo en las nuevas áreas, las de la conciencia racional, las de la corteza.

De alguna manera, el cerebro inicial, básico, primigenio y/o primitivo, mantuvo su carácter de ser el encargado de la sobrevivencia, en tanto a mantener el funcionamiento corporal, y en tanto a ser el encargado de recibir, priorizar y avisar, eventualmente, a los nuevos centros decisores “no -tan- automáticos” alguna novedad relevante o urgente, ateniente a -eso sí, eso siempre- los mismos objetivos que otrora: sobrevivir.

Tanto tallo, como cerebelo, como amígdala(s), y también pero diferentemente, el tálamo, “ahora” vierten sus novedades, luego de un proceso automático y no consciente, de alguna manera incluso “autónomo”, vierten sus novedades cuando esto es necesario o urgente, por nuevo, por comprometedor y por necesaria la -nueva- evaluación de la situación, para eventualmente tomar nuevas decisiones. Esto es, el cerebro pre racional recibe, atiende y procesa “a su leal saber y entender” lo que le llega y está acostumbrado a procesar, y “pasa” la tarea a los estadios más superiores en conciencia, cuando es sorprendido o es excedido o se encuentra sin pautas muy claras para “actuar”.

EL CÓMO Y EL PORQUÉ DE CADA QUIÉN

El proceso interno del cerebro es enorme y está en su gran mayor parte, aún desconocido. No obstante ello, se le conocen muchas de sus “rutinas”, de sus procesos, y de la jerarquía de los mismos, así como también, los tiempos que le insumen las mismas, tiempos que son coherentes con el papel de cada etapa de dichos procesos.

El mayor consumo energético sucede en las áreas nuevas del cerebro; en la actividad consciente por focalizada, por la atención; en la actividad voluntaria racional; en los procesos que suceden entonces, en la corteza cerebral. El consumo energético “del otro cerebro” es muchísimo menor, así como también sucede en mucho menores tiempos, y maneja sin embargo, mucho más información que los primeros nombrados, los de la conciencia voluntaria, enfocada y por decirlo así, “racional”.

Toda la dotación del cerebro inconsciente está dirigida, “enfocada” al “hoy”, al momento, al presente. En cambio es el cerebro consciente el único que puede -y hace constantemente- devenir “hacia el pasado” así como -y lo crea- “hacia el futuro”.

Esto, condice con la funcionalidad básica de ambos cerebros: el enfocado en el presente, únicamente, atiende -sigue haciéndolo- a todo lo relevante y necesario, útil y percibido por los sentidos, necesario para la sobrevivencia, para la adaptación al medio, para funcionar e interactuar con lo que está pasando en ese preciso momento. En cambio el nuevo cerebro, el más consciente y racional, procesa otro tipo de información, descansándose en el primero para lo que sabe y debe, y tomando como para sí, lo nuevo, lo distinto, lo imperioso, lo que excedió o simplemente fue volcado, por su propio criterio, por el cerebro primario, inconsciente y automático.

EL ASUNTO DE LAS MEMORIAS

Ambos cerebros tienen acceso frecuente pero diferente, especializado, a la memoria, a los recuerdos, a lo histórico que la memoria como un todo (que no lo es, precisamente, ya que también hay áreas y procesos específicos y especializados, integrados a, esencialmente, ó aquél o este “cerebro”.

La memoria a la cual suele acceder el cerebro inconsciente es más global, menos de detalle, más analógica -basada o estructurada en analogías-, más esquemática, más sencilla. El material que queda “impregnado” en la misma no es el total de la información que resulte de sus experiencias sino que resulta, por decirlo así, de una “intención de prorización”, de “ahorro” -esto para realizar un más rápido proceso, básicamente-. A dicha memoria se la graba, sobre todo en asociación a las áreas del correspondiente cerebro inconsciente, primario o primitivo: el cual siente, vive y decide desde lo instantáneo, vale decir que desde la emoción. Cuanto más correlato emocional haya en la experiencia, más quedará “grabado” en esa memoria especial, para ser usada a su manera, por el correspondiente cerebro.

La memoria a la cual accede el cerebro consciente es más detallada, es más descriptiva, es menos intuitiva e intempestiva, por ser ella misma así, y por ser evocada en esos mismos contextos: de una intención de accederla, o como el resultado de un proceso o mucho más consciente en sí, y/o más volitivo, más decidido, más propuesto, más enfocado y atendido por “el cerebro” de “nuestro” “yo”.

(Esta descripción es obviamente esquemática y por lo tanto imprecisa: por lo pronto, lo que se describe “separado” o “vinculado/des vinculado” a algo, no es absoluto. Obviamente).

FUNCIONAMIENTOS

Ambos cerebros -y toda su arquitectura, propia o involucrada- funcionan “en paralelo”. El que nunca está ocioso es el primario. El otro, cuando estamos en el estado que llamamos de conciencia habitual, está casi siempre atento, activo, actuando; pero puede “evadirse” momentáneamente, por muchas razones pero también y sobre todo, por “sus viajes” allende el presente. (También, depende del entrenamiento, de la energía de que dispone para trabajar, y del asunto sobre el que esté trabajando, “atento”, “pensando”).

La capacidad del cerebro inconsciente es tal que puede manejar 200.000 “unidades de información”; en tanto que el consciente, tan sólo maneja a la vez .. unas 40… El tiempo típico de proceso del primero, es menor a un tercio de segundo, típicamente. El segundo, dependerá de muchos factores, pero en general excede grandemente al citado tiempo típico del otro.

Hay otros muchos aspectos del funcionamiento de ambos cerebros, que los distinguen, y que dejan aún más claras las diferencias “de propósito” que ambos, original, “de diseño” tienen. Estas, exceden estas líneas, pero pueden encontrarse estudiadas y descritas en múltiples videos que se pueden encontrar en la red. A ellos remito, a quienes quieran saciar aún más su curiosidad o apetencia de conocimientos al respecto, y de comprensión. Valen la pena.

A partir de lo ya dicho arriba, quiero ahora apuntar algunas consideraciones referidas a la meditación.

EL OBJETIVO DE HOY: LA MEDITACIÓN

La gran mayoría de nosotros -sino todos- tenemos “una idea” de qué es meditar. Tenemos imágenes asociadas al concepto, o bien hemos practicado meditar.

En general, lo que más se asocia con meditar es el acceder y sostener un estado de ausencia, de calma, de tranquilidad, de quietud. Muchos que practican, impelen, propugnan este tipo de meditación (veremos, luego de que me exprese aquí, que hay otros tipos posibles), muchos de ellos asocian, viven y promocionan tales estados como de acceso a la paz, a la paz interior. Desde ya adelanto, que no concuerdo con esta asociación.

La intención, aquí y ahora, será, y a partir de lo descrito arriba del funcionamiento, especialización y cualidades de “ambos cerebros”, sacar conclusiones sobre qué es ese tipo más común de “meditación”, y qué otras alternativas -y beneficios sobre esta, o al menos diferencias- hay, en una otra forma muy diferente de meditar; posible, real y concreta.

Veamos.

TIPOS (¿?)

La más común meditación nos propone un proceso que es de focalización, de concentración. Para iniciar, profundizar y apoyar tal proceso, muchas veces se proponen medios que lo generan: se lo nutre de objetos concretos donde enfocarse (por ejemplo mantras, rezos o plegarias, músicas, etc).

Mediante este proceso, se pretende acallar la mente, silenciar los pensamientos, no distraerse en el habitual diálogo interno -que más que diálogo es discurso; sino charla desordenada e intempestiva, y sin ni mucha lógica ni mucho sentido o control; incluso, si es que nos empeñamos en que no sea así.

Se pretende así vaciar de contenidos “el pensamiento” (“la mente”, se dice, refiriéndose así a la mente pensante, que es mucho menor que la mente toda, vale decir, “eso” que lleva a cabo toda actividad cerebral, y no tan sólo la del “yo”).

Se pretende así llegar al ya descrito estado, que es llamado “de paz”.

REFLEXIONANDO

A la luz de lo dicho de los dos cerebros, lo que se propone y logra parece ser fundamentalmente detener, silenciar, la mente consciente. A la luz de lo dicho, también, vemos que tal éxito es muy menor, en cuanto a todo lo que es, pasa, sucede y hace, nuestra mente -total, la ampliada.

Está claro que el cerebro inconsciente tiene muchos aspectos de su tarea que son “incallables”, indetenibles, incontrolables. Está claro, convengamos, que su actividad principal, esencial, sostiene la sobrevivencia, y para ello “vive en el presente”. Está claro también, que sus “insumos” son las sensaciones (lo que recibimos a través de los sentidos) y que sus “productos” son las emociones; primero que nada. (“Luego”, es la sucesión, la acumulación, la repetición relevante y vinculante de emociones asociadas a un escenario o persona, conforman así los más duraderos “sentimientos”).

Dicho esto, meditemos (reflexionemos) sobre un estado tal que, más que enfocarse en algo -y así, desentenderse de todo lo demás- logrará algo parecido, análogo a lo anterior, pero no mediante el enfoque sino en cambio la “ampliación difusa” de la conciencia a una del todo lo que es, a todo lo que está, sin para ello someter a lo percibido a ningún filtro o juez, que opine, lo modifique, lo modere, lo condicione.

EN CAMINO…

Imaginemos que, por soltarlo, por un abandono no cruento, uno va desprendiéndose de esa forma de relacionarse con lo que está viviendo, en forma activa, por voluntad, por empeño, por intención. Imaginemos que así, va cesando ese dicente interior, siempre atareado y siempre dispuesto a tener una opinión. Imaginemos que así, empezamos a darnos cuenta sin revisar, todo lo que sentimos, lo que nos llega a través de los sentidos, del tacto, del oído, del olfato, de todos.. Imaginemos que nos vamos dando cuenta, sin ni la más mínima intención de cambiarlo, cómo sentimos a nuestro cuerpo, cómo nos vemos a la vez que vamos siéndonos, jugando a ser a la vez, observador y observado, sin pretensión ni intención alguna.. Imaginémonos que adviene un estado plácido, propio, accedido, no propuesto sino natural, que nos imbuye en el todo de lo que es, y nos comprende, nos integra, nos suma, nos confunde con él.. Imaginemos ser sin pensamiento, el que al ser liberado de su hábito y de su sentida “obligación” de participar, simplemente cesa, cede su espacio a una nada plena y gozosa.. Imaginémonos que el tiempo se nota más lento, que toda actividad se ralentiza y hasta se pausa.. Que, en la medida de no haber un ritmo, una pauta con qué comparar, así, un segundo es eterno.. Imaginémonos siendo un todo, sin conflictos expresados, evidenciados, sin disputas de ni razones ni preferencias.. sin exigencias ni pretensiones, sin expectativas, tan sólo percepciones.. Imaginémos, pensemos luego, qué liberación de energías, que libertad para ser, qué goce de simplemente estar, ser, existir .. Eso es, se parece, creo que es lo más cercano que uno puede sentir una verdadera paz.. Al menos, así ha sido para mí..

En este sugerido estado, y por obra de un no hacer, de un no ocuparse, de un no opinar, de un dejar, dejar ser, dejar ir, y dejarse a uno mismo, uno libera energía.. En él, la presencia es un acto, no una opinión ni un recuerdo; estar es instantáneo, en una sucesión densa, impenetrable, infinita de instantes uno tras de otro..

El entorno y uno se confunden, se abraza lo que es, el presente, con liviana entrega, rendición.. Los apremios desaparecen, nuestro yo observa asombrado un nuevo estado desconocido ..

Adviene una des preocupación activa, un alerta sensible y pasivo, que no está impelido por nada a actuar sino a existir.. Adviene así una novedosa libertad, una que resulta de no haber oposición ni gasto, de no haber partes, contrincantes, adversarios .. Una libertad sin riesgos ni peligros; sin miedo..

….

“CONCLUYENDO”

Este estado que he querido sugerir con palabras, es posible, es real, existe; lo he vivido.. Y es a esta como al que propongo como de una verdadera paz, conexión, libertad, sensibilidad, estancia gozosa en el presente.. Es a este estado que me refiero al pensar en lo que llamaría paz.. No calma, no silencio, no quietud por acción sofrenada, no una visión a través del efecto túnel de la percepción voluntaria.. Es este estado en el que el cerebro inconciente alivia su tarea, se remite a la mínima imprescindible con seguir siendo, poniendo en livianas pausas a todos sus automatismos, los que movidos por la preocupada labor de ponernos aquí y ahora.. Es, ese estado, el de un reposo quiescente, hiper sensible, integrado, de observación indistinguible entre uno y un sujeto para ella..

Esa meditación es la que elijo, aliento, propendo, convido, difundo propongo.. Porque así, es como podemos acceder a la Eternidad y la Verdad de Lo Que Es…

“ESPITIRUALMENTE CORRECTO”

Me hablan de una misión,

de una razón elocuente

que excede a la razón

y que es razón hasta la muerte

Me dicen que he venido,

y pregunto: de dónde y por quién.

Qué cosas yo he traído

y que más ,vengo a aprender.

Me indican que “a ser feliz”,

“a ser cada vez más grande”

en cuanto a de ser consciente

y amoroso hasta por “al padre”

Me muestran que mucho falta,

que esto es, sí, “un proceso”,

y que excede a lo que los sesos

lo lleguen jamás a entender

Me dicen que “hay un futuro”,

que “es sólo -no más- una etapa”,

que ni la muerte nos mata,

y que lo que viene no es duro

Me dicen de “conocerme”,

de serme yo “mi yo mismo”,

de “atreverme al abismo

que soy” y al que tengo miedo

Me dicen que “hay muchos medios

para cumplir el contrato”.

Que “existe -aunque no lo vea-

un algo muy grande y abstracto”

.. al que le debo rendir,

respeto y admiración.

al que mi todo a remitir

cuando me inunde el dolor

Me dicen que no hay edad

para lograr lo añorado,

la tal manida felicidad,

por la que lucho .. y mis hermanos

Me dicen que se consigue,

que implica un gran proceso

con pautas que muchos dicen,

y que le explican a quienes “el resto”

Me dicen que es aprender,

que es como un paso arriba

para así, uno llegar a ser,

aún más su naturaleza divina

Me dicen que es lo correcto

hacer lo que hace el resto:

sumarme a sus devociones

y a mis emociones, atento

.. sabiendo que son partes de esto,

que llaman el ser humano,

que incluye aspectos tan feos,

pueriles y por tanto, vanos

Me dicen que hay un señor,

que un resplandor,

hasta un cielo;

que existe allende un terreno

en donde todo es mejor

Que vale sentir el dolor,

que es feo el sentir yo mi miedo

dejando así el candor

de que es amor contrapuesto

En fin,

me dicen muy

mucho ..

Y yo escucho con atención ..

No quiero perderme del mundo,

eso todo que me dan cual lección

Me dicen

y yo me esmero,

y quiero ser otra cosa,

dejar este bastardo cuerpo

y ser mi anatomía milagrosa

Rendirme ante mis no puedo,

reconociendo mi culpa

y soñando con otro y perfecto,

un Universo sin culpas …

Me dicen, tanto, sí,

tanto ..

que no sabría qué hacer,

anonadado por el dato

de que un error, vengo a ser

de que me hayan traído a este mundo

para pasarme factura,

para que aprenda lo cierto

y no sufra a mis arrugas

Y en tanto,

yo estoy aquí,

en medio de todo esto,

de lo que debo decir que

ES EL CAMINO PERFECTO

PARA LOGRAR SEDUCIR

AL QUE VALIDA LO BUENO,

Y PARA QUE ALLENDE A ESTO AQUÍ,

EN EL PARAÍSO,

YO OBTENGA UN TERRENO

.. Siendo un alumno correcto,

siguiendo toditas las pautas

para lograr el gran hecho

de haber cumplido y sin pausas

aquello que a mí me dieron,

aún antes de haber llegado,

para que trajera conmigo

y al Todo y a mí, así ,Mejorarlo

…. Una tarea compleja

que implica ya no una misión

sino un enorme proceso

que lo  achica a mi corazón

el que creía que esto,

impuesto y sin consultar,

tan sólo le cabía un destino:

ser,

sí,

mi escuela de Amar

LA PÉRDIDA DE ˙DIOS˙

LA PÉRDIDA DEL ACCESO DIRECTO A ´DIOS”

El ser humano despliega su existencia en una realidad, en una Existencia que lo supera grandemente, en todos los aspectos. De Ella, eventualmente, accede, conoce, sabe, percibe y/o interpreta una infinitésima parte. Cada vez más nos damos cuenta de ello.

La dotación con la cual el ser humano cuenta para cursar su existencia le es propia por donación, por creación, por recibirla -un don- de Alguien al que podemos pensar como el Hacedor.

Esa dotación, que lo identifica como especie, como sujeto concreto en el panorama de las especies vivas en la Tierra, e incluso de los, supuestamente, objetos inertes, que participan también del mismo escenario; esa dotación es también el medio por el cual aprende, descubre, investiga, sabe, percibe, accede, adivina, intuye, busca, fantasea.

El hecho de estar inmerso y sin remedio en una Existencia tal, es sobrecogedor: desde siempre, el hombre y sus precursoes homínidos, sintió esa grandeza de lo que lo rodeaba, se asombró con lo que ella le sugería, le daba, le mostraba. Se maravilló con el poder de la misma.

En esas primeras etapas, claramente, esta vivencia de su mínima pequeñez, lo llevó a la reverencia, al respeto, al miedo. Pero también, curiosidad mediante, a crecer en conciencia, a buscar ir más allá, a des cubrir los aspectos más llamativos de ese Acontecer, por o el simple afán de saber, o para poder empoderarse y acceder a, hasta entonces, ocultos milagros y beneficios que dicha Existencia le tenía reservados.

En su limitada percepción, concepción, imaginación y forma de expresarse y actuar, el hombre dio forma alegórica, fantástica, mítica, a lo que o inutía que había más allá, esto así percibido por los efectos de un Misterio que no podía comprender. El hombre divinizó ese Misterio, interpretó a su leal saber y entender, y representó, en forma análoga a lo que él era, a lo que su experiencia -limitadísima- le daba para de alguna manera entender, modelar, visualizar eso Tremendo, el Misterio de la Existencia.

En sus muy primeros tiempos, cuando aún eran muy básicos, primitivos y escasos, burdos, los medios de conceptualización del hombre, así como sus recursos simbólicos, así como su experiencia, así como su Idea de Qué lo rodeaba, en esos tiempos, el tinte de esa Representación del Misterio fue dominada por lo mágico, por lo único, por lo diferente, por lo poderoso, por lo externo e incontrolable. Obviamente, mezcla de su conciencia de pequeñez, de su afán de comprensión de lo in comprensible, y de la conciencia de lo poderoso de Eso No Sabido, el miedo fue un sustrato claro, contundente y permanente en su experiencia de la Existencia, de la Realidad Superior, del Universo.

Ese miedo obligó al hombre a protegerse, ilusoriamente, de los temibles efectos de un Poder, que si bien mayormente benigno, solía expresarse absurdamente con una violencia y destrucción que lo afectaba, y que le generaba aún más miedo, dolor, ignorancia, arrepentimiento.

Surgieron así los dioses, de variopintos signos y cualidades, poderes; los ritos, para calmar, complacer o reverenciarlos, con la pretensión de así evitar ese accionar perjudicial y temible, que tal Poder tenía, y que a veces solía desplegar, en contra de él.

Entre los mismos hombres fueron surgiendo quienes se abrogaron contar con medios especiales, poderes, sensibilidades, accesos en general, diferentes a los comunes, para lidiar con lo Divino, con los dioses, ya acuñados por la cultura actual del momento, ya aceptados, y ya venerados, reverenciados y ya temidos, puesto que eran, sin dudas, las formas concretas y humanas de esa Divinidad Poderosa.

El signo inicial de la consideración de lo Divino por el hombre, a través de la Religión, fue de reverencia, de respeto, de miedo y de reconocimiento de la pequeñez humana. La impronta inicial fue hacer todo lo posible para que lo Divino no se ensañara con ellos concretos, y que fuera Benigno y Dador Permanente de todos sus dones, misterios y milagros que, por otra parte, el hombre sabía que le eran externos; recibidos en función de un regalo o bendición, y destinados a apoyar su exsitencia.

La presencia de esos individuos que “representantes” de los dioses fue convirtiéndose en esencial, en permanente, en omnipresente y hasta en “necesaria”: puesto que era más sencillo relacionarse con ellos, los representantes, puesto que contaban con la Atención Divina y con los poderes y cualidades tales para ser escchados y para interceder, eventualmente con éxito, en favor de los humanos.

Ello configuró un poder inherente a quienes así, se consumaron ya no tan sólo como representantes de lo Divino, sino como medios de acceso sine qua non, para los que no lo eran sino que eran tan sólo “simples mortales”.

Dicho empoderamiento fue acreciendo, y con él, su corrupción: del poder, y de los empoderados. La religión comenzó a tener una existencia por sí misma, con su propia y muy humana -en el peor sentido- “lógica”, siguiendo pero pervirtiendo los rumbos iniciales de aquella primaria, en lo que primó fue el respeto y al reverencia a la Existencia, en primer y en principal lugar. Se convirtió la iglesia y sus integrantes, ellos fundamentalmente, en los que temidos, en los reverenciados, en los respetados.

Los integrantes de la iglesia, humanos y hábiles lidiadores con una realidad que los había dotado de ventajas sobre sus “semejantes”, perfeccionaron su discurso, modificaron a coneniencia los mitos, promovieron y derrocaron a voluntad sus propios dioses, generaron jerarquías basadas en la experiencia, en la realidad humana, las que fueron haciendo que aquel poder creciera, se afianzara, se consumara su presencia ahora “divina” en la Tierra, por obra de algún mayúsculo dios.

En paralelo, resulta claro, la distancia a lo Divino propiamente dicho, el contacto con la Naturaleza, con lo Mágico de la Existencia esa Suprema, Enorme y Poderosa en todas sus manifestaciones, esa distancia aumentó, y fue quedando signado su camino de acceso, por el permiso, por la posibilidad, por la conveniencia y por la forma elegida y la oportunidad, de los eclesiásticos, ahora “dueños” de un acceso primordial, preferido, preferente y excluyente, al menos en los más profundos extremos.

La naturaleza humana, de todos los humanos, parece incluir la tendencia a tercerizar en otros el acceso a la verdad, a preferir representantes, a que otros les muestren el qué, el cómo y el cuando; parece preferir que hayan guías, gurúes, maestros, etc. En fin, parece ser que -excepto los que gocen del privilegio -decidido por ellos mismos y convalidado por muchos demás- todos los demás eligen ser guiados, ser representados, ser sometidos a otros que se hagan cargo de lo que, o no saben cómo hacer, o creen que no les corresponde, o que temen por su capacidad y lucidez para emprender esa tarea o misión.

En la medida en que esta realidad se fue ahondando con el paso de los tiempos, y dado el éxito obtenido por esos mediadores eclesiásticos (y por los luego advenidos en guías, maestros, gurúes, iluminados, portadores ellos mismos de la chispa de la divinidad, por obra de algún misterioso designio que los signó “especiales”); en la medida de ello, la distancia entre el ser humano “de a pie” y la Existencia, fue aumentando, y fue minándose, contaminándose de una intermediación interesada y miope, pobre, acotada y pequeña, como lo es, lo sigue y seguirá siendo frente a lo Divino, la que resulta del hombre, del hombre común, de a pie; como somos en realidad todos.

El devenir de los tiempos hasta hoy ha consumado este panorama; lo ha multiplicado y profundizao, habiendo cada vez más religiones, maestros, guías, gurúes, iluminados, elegidos, etc etc. Y cada vez más rebaño, ovejas, seguidores, sometidos y entregados a un mensaje, a un acceso, a un contacto mediante ese medio, firme integrante y preservador del status quo que lo incluye, de lo Divino, de la Existencia, del Poder Universal, de los que sigue sabiendo su existencia, pero ya muy pobremente “sabiéndole” (en el sentido de percibirle el sabor) por medio propio, per sé, mediante aquella, su dotación humana, que universal y de todos, a la cual entregó, resignó su poder, para dejarlo en manos de otros humanos, hábiles y atentos manipuladores interesados de un “poder” que quieren ostentar como exclusivo, propio, regalo especial, el que mayor e imprescindible para los demás, para tener dicho acceso y contacto. Y con estos, lograr la consideración Divina, la contemplación de sus míseros seres, del ahora distante Misterio Poderoso al que se sigue sabiendo sometidos, por obra del Hacedor.

Así, la realidad humana de hoy marca básica y fundamentalmente un grado de desconexión enorme, profunda, creciente, del ser humano con la Existencia. La presencia consumada y aparentemente inamovible de las intermediaciones que convalidadas, hace que el eje de la vivencia de lo Divino hoy, sea a través de doctrinas, de mitos, de leyendas, de historias místicas -hominizadas, por supuesto, y además manipuladas con non sancta intención, por sus sostenedores-; logrando, por lo tanto, un pobrísimo acceso a una realidad alterada de Ello,del Misterio; recibiendo medidas y controladas, manipuladas “dádivas” -perdón, exculpación, accesos a la verdad, etc- por manos de los representantes, de los elegidos; de los usurpadores -por renuncia, omisión e irresponsabilidad propia- del poder nuestro de cada uno, y del derecho y de la posibilidad del acceso directo a Eso en lo que todos estamos Inmersos, de los que formamos parte, de lo que integramos, de lo que también Somos.

La presencia de lo religioso (“religión” viene de ‘religare’, que es volver a unir -lo que está unido-) en la realidad psicológica del ser humano ha sido permanente, y es esencial, en tanto que este, el ser humano, así, vive, sabe, percibe, intuye, respeta y reverencia, a Eso que le excede.

La forma de la presencia actual, del “manejo” que hoy el hombre hace de lo Divino, del Misterio, de la Existencia, en tanto que se le ha vuelto una experiencia remota y supeditada a una visión e interpretación -que humana, de otros hombres interpuestos-; ella consuma una desconexión que le será fatal, que le está siendo mortífera, que lo inhibe en sus propias cualidades, aspectos divinos que también posee, y que entre otras cosas, entre otras muchas cosas más, vino a desplegar, a desarrollar, a acrecer.

Así, y mientras cada uno conceda su inalienable, irresignable, irrenunciables derecho Y RESPONSABILIDAD de vivir lo religioso – Eso, que trasunta Lo Superior- a través de otros, el ser humano, en tanto individuo concreto y en tanto especie, en tanto parte propia e integrante del Misterio, va cursando un cadalso, rumbo a una muerte segura, al menos o primero de su espiritualidad, seguido esto de las consecuencias previsibles de mutilarse en su esencia de ser, por obra de un miedo a lo desconocido, de una imposibilidad de cierta y sana vivencia de lo Esencial del Misterio, y por la ausente, por ello, falta de Reverencia, de Goce, de Sano Usufructo y de Convalidación de lo propio divino y de lo Divino, en su existencia Terrenal.

“AGUA SALADA”

Hay una soledad existencial profunda, que nos marca a todos individuos, esto es, separados en identidad de los demás. Es uno mismo y nadie más quien vive su vida, quien dice y escucha su diáologo interno, quien sufre, quien goza, quien espera.

Y hay otra soledad, también profunda pero diferente, que es aquella que resulta de que, siendo individuos, vivamos nuestra vida alejados de los demás, de la vida misma, de la existencia.

 

Aquella primera soledad es ilevantable en tanto que somos humanos. Es relativa en el sentido que siendo individuos, constituimos un único organismo destinado a unificarse ante nuestros ojos, tarea que es de cada uno y de todos también. Ese organismo ya existe y es único, unido, indivisible, pero no ante nosotros, no porque no lo sabemos aún, no porque no lo aceptamos como tal ni vivimos como tal. Esa primera soledad, ilevantable en su grado y cualidad, es, sin embargo, algo a desaparecer, a disolverse, a dejar de ser, en tanto que vayamos en conciencia hacia darnos cuenta de esa mencionada unidad, indivisibilidad.

La otra soledad no es ilevantable, pero paradójicamente la sufrimos mucho más; talvez por esto mismo, porque en el fondo sabemos que es algo interpuesto, artificial, creado por nosotros mismos o sostenido, o no sabiendo cómo desarticularlo. Es la soledad de la desconexión, del miedo, de la distancia afectiva, de la imposibilidad de acercarse, de ocultarse, de todos, de algo, de la vida; de uno mismo, sobre todo.

Esta segunda soledad, insoportable en el fondo, si bien es producto humano y no realidad natural, nos ocasiona los más insoportables sentimientos. De abandono, de rechazo, de indiferencia, de incomprensión, de miedo. Nos denuncia distancias, que salvables pero que allí están; nos invita a cercanías que no sabemos o crear, o alentar, o sostener, o disfrutar. Nos espeja a un nosotros oscuro, negado, frío, un uno a quien no queremos/podemos/sabemos aceptar, cuánto menos abrazar, amar, sanar.

El que nos sintamos así respecto de esta segunda soledad es el aviso perfecto de la existencia, de que ello nos pasa y de que debemos atenderlo. Todo sentimiento trae consigo una misión natural, y los que generan ansiedad, molestia profunda, necesidad de mitigación, ellos traen consigo una exigencia de ser atendidos, resueltos, sanados. El hecho de que por ellos, a través de ellos nos sentimos mal nos impele a hacer algo. Y eso es lo que hacemos, intentar cambiar ese estado de cosas.

Pero ¿cómo lo hacemos? En general, en el plano de lo concreto, de cómo vivimos y de nuestra impronta típica frente a lo que no nos gusta, en general buscamos evadirnos de lo que nos genera esto, o buscamos negar lo que está ocurriendo, mediante la compensación con algo que nos haga sentir bien, con la expectativa de que, por opuestos, ello lleva a la cancelación de ese malestar. Evasión, negación, compensación -sustitución, etc- es lo que principalmente hacemos. ¿Para qué? para mitigar ese descontento base que resulta de esa segunda soledad. ¿Para qué? Para no hacernos cargo de salvarla, porque en el fondo sabemos que ella es una creación nuestra, propia, humana, y no una cualidad natural ilevantable, como sí lo es, en este plano de hoy, la primera y profunda, existencial soledad.

El camino elegido habitualmente es inconducente; aunque a las cortas, satisface, o crea ilusiones que nos llevan a insistir en él, en este camino. Un camino que es inconducente porque no pasa por la asunción de la responsabidad propia en lo que nos está sucediendo, en cómo estamos viviendo, en quiénes estamos siendo. Todo ello, tarea propia e intransferible, parte integrante e indivisible de la tarea mayor que tenemos por el simple hecho de estar acá.

Nuestra tozudez para insistir en este camino, nuestra ceguera autoimpuesta, nuestra negación por miedo o sentida incapacidad, a hacernos cargo de la tarea de disolver dicha soledad -integrándonos al flujo de amor libre que lo llena a todo en la existencia-; esto, más nuestra habilidad de compensarnos, de autoengañarnos con sucedáneos o placebos de esa ausencia o distancia a todos y todo, que es esta mencionada soledad, ello hace que sigamos, en general, por este camino: compensando, sustituyendo, evadiendo, negando, ocultándonos.

Los vanos réditos que este accionar trae, que no son pocos, pero que no son ni esenciales ni mucho menos permanentes, auténticos, hacen que eso, lo que sea que nos satisface, precaria y poco profundamente, no dándonos lo que necesitamos pero si, un poco, aquello que creemos necesitar, o que simplemente nos planteamos como que queremos.; esos réditos, logros, satisfacciones, éxitos, etc generan adicción. Puesto que son, de alguna manera y en el contexto básico esencial de estar sólos, incómodos con ello e insatisfechos, ellos nos dan ciertos grados, formas e instancias de “placer”, de alivio, de esperanza, etc.

Al no ser lo que realmente necesitamos, que es aquello que tenga que ver con nuestra incómoda, penosa realidad, de estar sólos y por obra de nosotros mismos; al no ser ello pero tener el sabor dulce de la corta satisfacción, insistimos en procurárnoslo, a lo que “sentimos”que “nos hace bien”. Y como consecuencia de esto, entramos en un círculo vicioso: de depender de algo que nos gusta, algo que hemos aprendido a procuranos y que medianamente obtenemos y que nos alivia o satisface, cortamente; y que no resuelve la necesidad primera o última, la que tiene que ver con levantar nosotros mismos las barreras autoimpuestas que nos vienen separando de los demáß, de lo demás, de nosotros mismos, en tanto auténticos y plenos; de la vida misma.

Así, en los hechos, esa segunda soledad se profundiza, se agrava, se vuelve “normal”, e incluso se va perdiendo, por acostumbramiento, la conciencia de sus penosas sensaciones, las cuales empezamos a aceptar como propias de la vida, ilevantables y no dependientes de nosotros mismos, en primera y principal instancia.

Este círculo vicioso se sostiene porque aceptamos hacer algo que no es lo que necesitamos, por el simple hecho de que nos da cierto alivio, cierto placer, cierta esperanza de que eso que nos incomoda profundamente, “se vaya” alguna vez. Y no se irá.

Las consecuencias de este círculo vicioso son muchas, pero las que son omnipresentes y claves para su disolución, son las dependencias que dicho círculo genera o sostiene. Quien procede así, quien haya encontrado formas de mitigar su soledad mediante estrategias como las mencionadas, de evasión, negación, sustitución, compensación, etc; quien haya encontrado esas formas, y se conforme con lo obtenido, y no asuma, por tanto, la profunda realidad de su soledad, que lo involucra y que lo impele a hacerse responsable de ella, y a levantarla, a hacerla desaparecer. Quien está en esto, está condenado a seguir solo, sin levante, aunque con alivios o respiros, que nunca pasarán de serlos.

La primera soledad será eventualmente disuelta en muy otro plano, que no es este. Aquí somos humanos, somos individuos, somos distintos, y es a través del proceso en conciencia que iremos concibiendo, aprendiendo, acercándonos a saberlo, y animándonos a ensayarlo, cómo es eso de que en realidad todos somos uno. Pero eso no es tarea de hoy, de nosotros, de este aquí y ahora.

En cambio la segunda soledad, esa que es producto humano, de todos y de cada uno; esa que construimos al destruir los naturales puentes que nos unen a todos, en tanto que estamos hechos de la misma esencia, de que compartimos la misma realidad, el mismo mundo, y de que estamos encomendados de la misma tarea, con el mismo objetivo, la unificación, la cercanía, el amor universal plenamente vigente y expresado. Esa segunda soledad, es, propiamente, la tarea de todos; la tarea de cada uno; la tarea a cumplir acá.

 

El darse cuenta del círculo vicioso en el que estamos sumidos, es buena parte de lo a hacer para subsanar dicha penosa realidad. En el clarificarnos en lo que es, lo que significa, lo que hacemos por él, por ese círculo vicioso, es fundamental el darse cuenta de qué es lo que hacemos para sostenerlo; y las claves son, las dependencias, los placebos, las vanas satisfacciones, los sustitutos cortos, equívocos y a término que aceptamos, en lugar de procurar el alimento profundo que nutrirá todas nuestras necesidades. El verdadero amor, amor universal, propio, profesado, vivido a pleno, compartido, promovido.

  • Quien verdaderamente ama desde ese lugar, no depende. La dependencia resulta del errado “alimento” que vamos aceptando consumir “mientras tanto”, cuando lo que necesitamos es otro; Otro. Hacer esto es como que un sediento, náufrago en alta mar, beba agua salada: eventualmente aplacará en algo su ansiedad, pero nunca le solucionará su sed; al contrario, la profundizara.
  • Quien ama de verdad, nunca está sólo.
  • Quien ama así, no necesita del objeto de su amor, porque ese amor no tiene objeto, no está dirigido a nada ni nadie sino a todo y a todos.
  • Quien ama de esta manera, no sabe de distancias, de ausencias, de frío, de desamor; ni de miedo.
  • Quien ama así, deja ir, si es el caso. Deja venir, si en cambio es esto lo que es. Deja ser. Abraza sin sofocar. Goza sin apegarse. Vive en plenitud, en comunión con el Todo, que así, también y finalmente, empieza a Aceptar, a Integrar; a, cabalmente, Serlo.

COLECTIVIZANDO DOLORES

LA REPRESIÓN EMOCIONAL

(Y SUS CONSECUENCIAS SOCIALES MÁS VISIBLES)

 

Nuestro mundo interior es muy rico y complejo. Nuestra realidad exterior también, y condiciona, afecta y conmueve a calidad y contenido de la primera.

 

No todo lo que sentimos se siente bien, estamos en paz con ello. No todo lo sentido es conciente, nos damos cuenta de ello. No todo lo que nos pasa adentro es fiel correlato de la realidad interior. Ni, tampoco, de nuestra historia. Ni de nada. La vastedad, riqueza y complejidad, así como lo crucial de la vida interior es clara, es obvia, es manifiesta.

 

En todo momento y escenario, estamos y actuamos haciendo una componenda de todo lo que somos, de lo que nos pasa, adentro y afuera. Las fuerzas intervinientes no son descriptibles taxativamente, y si bien por la psicología se viene sabiendo cada vez mucho más de ciertos “mecanismos” internos regulares, comunes, habituales, en el caso particular de cada individuo concreto, ni siquiera él mismo es dueño total y conciente de su más absoluta verdad.

 

El cómo nos sentimos es cambiante, momento a momento. Este sentir es a la vez una fotografía instantánea de lo que en un determinado momento nos pasa, y también es una película que se viene dando desde que tenemos conciencia, que mantiene una cierta coherencia, que va cumpliendo con al menos un cierto perfil de guión. Pero que puede cambiar, drástica y abruptamente, o también gradualmente.

 

Tenemos, estamos dotados, contamos y vivimos inmersos en la percepción de todo lo que nos rodea. También, estamos “detrás” de un “filtro de percepción” quien nos genera la imagen de todo ello. Ese filtro no es conciente totalmente, no es permanente, no es predecible, no es ni siquiera conocido ni absolutamente propio, exclusivo. A él se lo conforma de una forma que puede decirse “automática”, por “nosotros” mismos; por un nosotros vago, indefinible, maleable, a veces inaccesible, utópicamente cognoscible.

 

La conformación de tal filtro de percepción es permanente, es variable, es cambiante, y en detalle nunca es predecible, si bien ciertos de sus aspectos, en cada caso de un individuo en particular, tanto como en la generalidad de nosotros, pueden ser predecibles con cierto grado de probabilidad y de plausibilidad. Pero nada más.

 

Más allá de los cinco sentidos físicos que ofician de interfase con la realidad exterior, y que nos la “pintan” a través de las sensaciones que excitan nuestro sistema nervioso y lo incitan a reaccionar; más allá de ellos, nuestra interioridad tiene su dinámica propia. Podríamos imaginarnos estando libres de todo estímulo exterior por los sentidos, y sin embargo resulta claro que interiormente estaríamos sintiendo, percibiéndonos, viviendo en una realidad interior, subjetiva y prescindente de dichos estímulos.

 

Esa interioridad vive, aún en ausencia de reconocibles estímulos exteriores. Y por tanto, siempre tenemos reacciones internas, o acciones, que denotan nuestra vitalidad interior.

 

Reaccionamos a lo que percibimos mediante nuestro cuerpo emocional. Lo que nos sucede -también interiormente- nos genera cambios de estado, que se llaman emociones. Estas, son sempiternas, originarias de nuestra más primigenia vida, permanentes aún en nuestro innovado, desarrollado y acrecido cerebro actual. Las emociones conforman un aparato reactivo primario, básico, ineludible y primario, que genera luego mecanismos subsecuentes que llevan a generar acciones, tanto motrices como meramente cerebrales.

 

A las emociones suceden las sensaciones; y a estos, los sentimientos. Varía, entre las primeras y estos últimos, tanto la rapidez de su aparición y desaparición, como la conciencia que tenemos de ello, de sentirlas, y de procesarlas; y de adquirir en forma más o menos permanente, sus consecuencias.

 

Lo que sentimos constituye un cuerpo: el cuerpo emocional. Tanto por analogía al cuerpo físico, notoriamente integrado e indivisible en su funcionamiento, como en el sentido lógico, de “cuerpo” con ya no sólo una estructura sino una lógica, un funcionamiento, una estructura y una intención “corporal”, eso es, sistémica.

 

No todo lo que sentimos se percibe igual. Si nos percibimos felices, ello es llevadero, fácilmente aceptable e integrable por nosotros. Lo que se siente bien generalmente se realimenta en un sentirnos mejor, incluso después o más allá de lo que nos hizo sentirnos bien.

 

Lo que no se siente bien, no lo recibimos bien, muy en general. Y hay grados: un dolor agudo es menos sostenible que una tristeza; un abandono es, análogamente, más tolerable en general que el efecto de un miedo atroz. Etc.

 

Así, nos sentimos en nosotros mismos en forma diferente con lo que nos pasa, que es producto de lo que somos, de cómo somos, y también, en considerable grado y manera, de lo que sucede “afuera”.

 

Lo que se siente mal también se realimenta en nosotros. No nos gusta sentirnos mal. Según lo que sea, haremos más o menos, en forma más o menos urgente, haremos por cambiar ese sentirnos. Que recordemos es, el resultado de cómo percibimos pero también de cómo procesamos nuestra percepción, a través de nuestra autopercepción, a través de nuestro cuerpo emocional, a través de nuestra personalidad y ánimo actuales.

 

El estado íntimo, profundo, existencial, vital de un individuo es omnipresente en todo lo que le pasa. Lo que no significa que dicha presencia sea notada o más, tenida en cuenta. El efecto de ese estado es, en consecuencia, también omnipresente y omni afectador, en la medida en que se realimenta en el propio estado del individuo, por la percepción o grado de percepción de este de sí mismo, o por lógicas profundas de nuestro ser, en su infinita complejidad. Nada de los que nos pasa deja de pasarnos. Puede no trasuntarse pero nos sigue pasando. Podemos no darnos cuenta y no reaccionar concientemente; y podemos darnos cuenta, creer que controlamos cómo reaccionamos, y en consecuencia, afectar en principio como pretendemos, cómo eso nos afecta. Pero esto es una vana ilusión: no podemos controlarnos, en la más recóndita, compleja, profunda, infinita profundidad de nuestro ser.

 

Pero la ilusión está, y nos gusta vivir de ilusiones. Nos gusta creer que “controlamos” lo que talvez ni siquiera meramente controlemos. Podremos controlar algunas cuestiones del mundo exterior, pero muy pocas, y muy parcialmente, controlar lo que nos pasa interiormente. No estamos “sometidos” a una irremediable realidad, pero tampoco somos capaces de ejercer realmente un control: eventualmente, creemos controlar las reacciones, pero muy poco prodemos controlar el efecto, la dimensión y la forma de dicho control de las reacciones.

 

Los efectos de lo que nos pasa, que percibimos “incómodos”, son sujetos a ser muy probablemente reprimidos. Dependerá de nuestra tolerancia a dicho efecto, y de nuestra actitud para con nosotros mismos y para con la existencia: si la concebimos a esta como un jardín del placer, cualquier displacencia nos disparará efectos represorios/represivos.

 

En la actualidad de hoy, el común de la gente vive desconectado de su esencia, de su sí mismo real, auténtico, profundo, natural. Ello se debe a multicausas, como por ejemplo la sobrexitación de los sentidos, la sobre información, la calidad de los contenidos y el concepto actual de lo que es vivir. También, de cuestiones más prosaicas, como la realidad económico laboral, y etc etc.

 

En el contexto señalado, es fácil presuponer la presencia de un importante grado de desconexión, sea esta individual, como social, como humana en general. Y esta presunción es fácilmente constatable como integrante de la realidad actual. Agregado esto al conjunto de valores actuales promovidos, más frecuentemente asumidos, por “todos”, el universo de dicha represión pasa a ser sugerido como por “todo el mundo”, como escenario más probable. Y así lo es.

 

Repasemos. La represión es el resultado de una reacción interna, más o menos automática o mecanizada, poco conciente en toda su inmensidad, la que proviene de querer modificar nuestro estado de vivencia de lo que nos está pasando. En un momento, lugar o época o contexto determinado. Esa reacción, plausible y bastante natural, en la medida en que se vuelva principal, automática -o sea inconciente totalmente- y autónoma, tanto más perjudicial para el individuo se volverá. El buscado efecto de cesar, mitigar o cambiar un sentir, volviéndose así habitual, hace que la persona se aleje cada vez más de lo que realmente pasa, de lo que le pasa, de lo que siente, y de lo que es.

 

La represión, entonces, realimenta uno, sino el principal de sus orígenes o causas: la desconexión existencial.

 

Es prácticamente imposible vivir sin un cierto grado de represión. Creo que hay un cierto grado, forma e intensidad de represión que resulta funcional, a la vida; a la vida propia, individual, y sobre todo a la vida en sociedad. La cuestión comienza cuando la realidad pasa a ser “el color” predominante en nuestra realidad subjetiva.

 

La alternativa a la represión es la no represión; la cual resultaría de un estado de alerta pasivo permanente ante los estímulos recibidos y las reacciones incipientes en nosotros, para tomar eso todo que nos pasa completamente y sin modificación, y reaccionar “perfectamente” desde nuestra más impoluta realidad. Algo que algunos iluminados dicen que existe, “que podría llegar a existir”, los corrijo rápida e irrespetuosamente.

 

Por lo ya dicho, la represión no es “buena”; por lo que trasunta, por lo que genera, por lo que augura. La represión nos aleja de nuestra más íntima e impoluta realidad, y también de la correspondiente externa en la que estamos inmersos, haciendo que nuestro estar, que nuestra reacción, que lo que hacemos para seguir en ambas, provenga de lugares que contaminados, que amordazados, que soterrados, que desconocidos, que mutilados.

 

Aparte de lo dicho recién, considero que el peor efecto de la represión es lo que nos lleva a hacer, a ser, a responder.

 

De entre muchísimos efectos que hoy veo, socialmente hablando, que son el resultado de la represión generalizada, habitual y colectiva; de entre un vasto espectro de ejemplos, hoy destaco aquí las consecuencias sociales que veo más insanas y habituales: la de la emergencia permanente, continua y sistemática de conjuntos de individuos, de grupúsculos, de grupos más o menos numerosos, que se juntan y que se constituyen en “colectivos”.

 

El estado de continencia de lo reprimido, por lo que se dijo arriba; el mismo, producto de que la sociedad misma “legisla” en su contrato social, qué, cómo y cuánto se debe expresar, de lo complejo, duro y difícil de nuestras interioridades humanas (todas, muy parecidas entre sí, y esencialmente iguales). Dicho estado, que ocasiona un peso importante, una pesadumbre, una pesadez en el individuo, la que mal maneja en general, también reprimiéndola; dicho estado lleva a “simpatizar” con quienes “se atreven” a expresar algo que se sienta “parecido” a “lo que a mí me pasa”.

 

Hay una -insana, pero real- empatía entre quienes comparten un dolor, una miseria, una carencia, una cierta carga, generalmente vagamente definida en lo concreto, pero fácilmente asimilable a otras, desde afuera.

 

El muy potente efecto liberador de la expresión de lo reprimido, o de las consecuencias resultantes de lo reprimido, mejor dicho, tiene un efecto convocante, es un llamador a que “otros” que les pase “parecido” (mejor) o que simplemente “se sientan tan mal” sea por lo que sea “como yo”, verán allí una posibilidad cierta de expresión, de expresarse, de liberarse; de despotricar.

 

La expresión de lo reprimido genera un claro alivio; la expresión del estado anómalo asociado a un estado general represivo, del origen que sea, en un individuo, es casi como el efecto de una explosión: se descarga una sobrepresión, una carga, un peso, una pena.

 

La expresión de lo reprimido, la exteriorización de ello, en general de los efectos de reprimir, más una denuncia de sentirse mal por hache o por be, es aliviador, pero no es nada más. El alivio no es la sanación; la catarsis no es parte integrante sine que non ni permanente del proceso de sanar una determinada herida, pérdida, dolor. La sanación se alcanza con la plena toma de conciencia de todo el proceso actualmente represivo, sin necesidad pero no obstando, sin necesidad de expresar cabal literal y “originariamente” lo que se siente, el estado de situación profunda en el que se está, producto de ya no sólo la herida sino de su represión.

 

Lo que hoy está pasando, ergo, no son necesariamente -ni probablemente- instancias sanadoras de la represión generalizada en la que vivimos: son, muy probablemente, meros alivios -por expresarlas- de lo que sienten los individuos en un estado de situación íntimo, interno, profundo y vital, de lo que les está pasando en sus vidas.

 

Las instancias de exteriorización suelen ser “cruentas”. Suelen ser explosivas, suelen ser tales que se dan cargadas de una energía, de una fuerza, que las hace confundir con potentes y propendedoras de buenos cambios. Sin embargo, son tan “potentes” para generar un verdadero cambio del estado que sea, como el darle un puñetazo a alguien con quien discutimos. O sea, no garantizan nada, por ser estentóreas, explosivas, violentas, etc.

 

Si el estado de expresión de las consecuencias de lo reprimido, de la represión misma, no va acompañado del proceso aquel cuyo primer y sine que non ingrediente es la toma amorosa de conciencia de lo que está pasando, de lo que es y de lo que somos, muy poco “positivo” será de esperar.

 

Por lo tanto, poco es de esperar, me temo y creo, de lo que hoy está pasando: que haya grupos más o menos numerosos, que se conformen, junten y se sientan convocados por la posibilidad de expresar lo que sufren: por sus heridas, por sus frustraciones, por sus carencias, por sus historias personales concretas, por sus vidas, que sienten “desgraciadas” (sin decirlo peyorativamente).

 

Poco -y malo- es de esperar de movimientos que esencialmente colectivizan la expresión del dolor, de las heridas, de las carencias, de la frustración, y que no hacen nada más. Poco -y malo- es de esperar de movimientos que expresan su dolor desde su lugar de dolor y desde la lógica de la reacción. Poco -y malo- es de esperar de quienes se juntan por parecido y asimilación a otros que talvez compartan miserias, pero que definitivamente manen realidades propias individuales diferentes; más allá de lo tentador que sea “encontrase con sus iguales”.

 

Buena parte -sino la mayoría- de “los colectivos” de hoy, denuncian mediante el choque -sino la violencia- realidades indiscutibles, muchas de ellas generalizadas, que les pesan en sus vidas. Todos, me temo, lo hacen, en ritmo de “denuncia”, señalando culpables y autoexcluyéndose a sí mismos de toda posible responsabilidad. Todos ellos denotan sin lugar a dudas en sus manifestaciones “colectivas” el hecho incontestable de estar sufriendo (puede haber infiltrados, con otros fines; pero a ellos no los considero en este texto, hoy), de sentirse mal, de tener una vida que no les complace, de que la misma no está en paz, de que no gozan de su existencia.

 

Así, a mí no me cabe ninguna duda que el primer y principal efecto que obtienen “en los demás” es el rechazo. Un comprensible rechazo: porque, y por lo dicho aquí a lo largo del texto, muy poco o nada aporta al real proceso de sanación, individual tanto como colectivo, el sumirse en el barro, el escupir desde allí, el de iracundos levantar sus dedos índices señalando “a los demás” como “los culpables” de “lo que les pasa”.

 

En tanto no se modifique esta dinámica preponderante hoy, poco habrá de esperar, en cuanto cambios hacia una vida colectiva de mayor goce y paz, colectivamente hablando.

YO DISCRIMINO

Yo discrimino, todo el tiempo. Tengo esa capacidad,  ese derecho, y hasta esa obligación; y lo ejerzo.

Discrimino entre lo que pienso que está bien y lo que pienso que está mal; y en función de ello, actúo.

Distinguir y discernir son actividades previas y relacionadas con la discriminación. Porque las actúo, a ellas, es que decido discriminar.

Discrimino en forma conciente y en forma inconciente, y todo el tiempo.

 

En eso que hago todo el tiempo, lo de discriminar, juegan mi historia, mis valores, mi moral, mis éticas personal y la general, como la profesional. Y también, mi cosmovisión, mi autovisión, mis expectativas y mis anhelos, mis búsquedas, mis sueños. Todo lo que me importa y todo lo que me atiene, me compete, me involucra, me afecta.

 

Soy un discriminador “serial”, y no me arrepiento.

 

Creo, al hacerlo, ejercer ya no sólo un derecho sino una obligación:

 

para con quienes afecto,

para con quienes me importan,

para con quienes me miran, me ven, me refieren.

para con aquellos que, de alguna manera, dependen o son afectados por mí.

 

 

No soy un ser humano neutro, apático, ni desidioso ni perezoso, ni menos aún, irresponsable.

Todo lo contrario, o al menos eso creo: lo creo, en el sentido de pensarlo, y lo creo en el sentido de crearlo, de tener la total y plenamente conciente intención de ser así.

Que me salga bien o mal, eso es otra cosa.

Pero sí que lo concibo, lo asumo y lo hago.

Todo el tiempo.

 

Tengo mis gustos y mis preferencias. Tengo mis apetencias y mis fobias. Tengo cosas que rechazo y cosas que admiro. Tengo ganas de que algunas cosas sean, y de que otras no sean, o que dejen de ser.

Tengo una idea de cómo debería ser el mundo, y a por ello voy, activamente.

 

No soy un plasta que “mama la teta” que le den, ni que se traga lo que viene preparado, dirigido y hasta a veces digerido, que va hacia las masas, para ser consumido.

Al contrario: si hay algo que no soy, es parte de “la masa”.

Y orgulloso estoy, con un sano y conciente orgullo, madurado a lo largo de mis años.

 

Aprendí, de quienes me trajeron, me precedieron y me acompañaron en el proceso de llegar a ser una persona, aprendí de todos ellos por su discurso y por su ejemplo; aprendí lo que ellos consideraron que debía aprender y aprendí más allá de su intención, también.

Para ello estuvieron, estaban, fueron; para ello “me trajeron”: fue su deber, y lo cumplieron.

 

De lo recibido, me quedé con mucho, a veces en forma refleja, inconciente, sin mayor análisis y consideración, “naturalmente”. En otras -las más-, lo hice después de un propio y personal proceso de decidir qué era eso, lo trasmitido, y de ver si ello cuajaba en mi realidad personal, propia, única e intransferible, esa, la que estaba en aquellos entonces acuñando, creciendo, conformando; y en esta, la que hoy, luego de un cierto y buen tiempo, finalmente conformé, sostuve y hoy tengo.

 

No fue algo fácil, inmediato, automático, irresponsable ni rígido, mi aprendizaje: siempre estuvo y está bajo mi más estricta, pretendida lúcida y responsable consideración, con atención, bajo revisación.

 

Soy capaz de cambiar lo que considere que estoy haciendo mal.

No soy autosuficiente en esa tarea, como nadie lo es: necesito de los demás, y los tengo en cuenta.

Pero no suscribo nada a la ligera, ni por la fuerza, ni “por mayorías” ni por “modas”.

Tengo mi criterio propio bien cultivado, y a él me refiero, siempre.

 

No suscribo doctrinas, ideologías, tendencias, modas ni “ondas” que anden por allí, menos aún si vienen pintadas con veleidades de verdades absolutas, o de pretensiones de imponer sus posturas.

 

No lo hago, provengan de donde provengan, sean quienes sean, quienes las propaguen, las propalen, las propagandeen, las vendan, las prohijen, las pergenien, las sustenten, las detenten, las ostenten.

 

 

Me considero un ser humano cabal. Me considero conciente y honesto. Me considero una persona de bien. Me considero “buena gente”, lo cual no quiere decir que todos me quieran -o deban querer.

Me querrán los que me querrán, los que me quieren; y no, los que no.

 

Se que tomo muchas veces posturas fuertes, duras, chocantes, hasta;  muchas veces.

Se que eso genera resistencias, rechazos, reacciones.

Y no es que no me importen, ni que las desatienda, pero discrimino (otra vez: en el  sentido de distinguir con lucidez y la mejor intención) entre las que siento que vienen por bien, y las que son una simple, mera, a veces burda reacción de quienes se sienten “atacados” por mí, o por lo que pienso y digo; y hago.

 

Marco, con firmeza, una clara línea: hay cosas que son problema suyo, y algunas –pocas, las menos- que pasan, que pueden pasar a ser problema mío, en el sentido de que puedo llegar a sentir que valen la pena ser consideradas, más allá incluso de a veces una cuestionable estética: de la forma, del lenguaje y de la oportunidad en que estas me lleguen, o me sean dichas.

 

Discrimino, entonces, a mi leal saber y entender, lo que pienso que “puede ser” y lo que no es, lisa y llanamente.

Así como también lo hago con quienes sustenten esos mensajes.

 

 

En fin, como dije, soy un discriminador serial.

Y a mucha honra.

 

Veo muy difícil que deje de serlo; es más, cada vez me siento más sanamente obligado a discriminar.

Porque el mundo, la realidad, la sociedad, las cosas todas están hoy enturbiadas, no están claras.

Están ensuciadas.

 

Porque veo confusión, veo enredo, veo equivocación, veo falta de ecuanimidad, veo deshonestidad, veo desconexión.

Y veo, sobre todo y casi siempre, mucha carencia profunda:

 

de amplia humanidad,

de amoroso criterio,

de apertura,

de aceptación,

de sabiduría.

 

 

Hago todo esto al discriminar, y mucho más.

Lo hago y lo seguiré haciendo.

 

Lo que NO HAGO, al discriminar, es desconocer el derecho de los demás a hacer lo suyo propio, sea esto a pensar, a actuar, a creer, a ser. A decir, a intentar “vender”, a buscar “convencer”; a querer imponer.

 

Discriminar, para mí, no es oponerme a que esto pase, a que esto hagan, a que eso sean.

 

Es parte de su libertad, de su derecho profundo e inalienable a vivir su vida como quieran. De tal y tan grande talla y jerarquía como el correspondiente mío, que a mi real y leal entender se y que ejerzo.

 

 

Al discriminar, no condiciono ni mucho menos socavo o ataco el derecho de los demás a ser, hacer, pensar diferente; en ningún plano.

Al discriminar, eventualmente, contrapongo lo que son mis contenidos, mis posturas, mis visiones, mis anhelos, mis expectativas, estas todas sobre las mismas cosas que muchos de “los demás” piensan distinto, piensan opuesto, piensan en conflicto, en contradicción con lo que yo pienso.

Al discriminar, elevo mi voz y difundo mi visión: bueno fuera que no hiciera esto, pobre persona sería.

 

 

Que los demás hagan lo suyo, me parece perfecto.

Que contrapongan argumentos, que confronten experiencias, visiones, interpretaciones, también.

Que luchen con todas sus fuerzas por sus propias convicciones.

Que sean, lo que quieran ser, y que se enorgullezcan de serlo y de hacerlo.

 

Que lo hagan: eso es asunto de ellos.

Esto, lo mío, es asunto mío.

 

No por ser diferentes serán peores, menores, o serán condenables, o serán punibles, o serán perseguibles, ni serán “malos” o “peores”, o acaso serán aberraciones. Y yo tampoco, por ser diferente “a ellos”.

 

 

No hago nada de eso al discriminar, pero si hago lo que me parece bien, lo que entiendo bueno, sano y conducente.

Sostengo mi visión, mis valores, mis éticas y mi moral; y lo hago a ultranza, contra viento y manera. Y aún contra la opinión “desfavorable” de quienes sean; aunque sean “mayoría”; aunque estén “de moda”, aunque parezca ser -¿?- que “tienen razón”.

 

Nadie puede quitarme ese derecho, ni retacearme en mi libertad de acción, ni condenarme por pensar, ver, creer, ser así.

 

Eso sería discriminación, en el peor y muy manido sentido de, al hacerlo, abrogarse una verdad y pretender o imponerla o censurar otras, las de otros.

La de tener una intención: de afectar a la otra parte, de condicionar su accionar, de juzgar al diferente, de minarlo en sus fortalezas, de afectar en su capacidad de hacer, de decir, de convencer, de ejecutar.

 

Ese tipo de discriminación NO LA EJERZO, porque la entiendo enferma, la entiendo pacata, porque la entiendo la más cabal expresión de las peores miserias humanas, individuales o colectivizadas.

 

NO DISCRIMINO ni mino a nadies, en lo que es o busca o pretende o quiere imponer o ve como bueno o cree que debe cambiarse:

 

PERO NO PERMITO QUE NADIE ME LIMITE EN MIS CORRESPONDIENTES POSICIONES, NI ME TILDE DE NADA, NI QUE ME PRETENDA CONDICIONAR EN MI ACCIONAR U OPINAR.

O SEA, NO PERMITO QUE SU PARTICULAR Y DIFERENTE FORMA DE SER SE EXPRESE EN “DISCRIMINARME” EN EL SENTIDO DE MENOSCABARME EN NADA DE LO QUE HAGO, SOY, CREO, BUSCO, ETC.

 

 

Soy un discriminador serial, lo se. Y veo, con demasiada frecuencia, a necios, imbéciles, vivos, torpes, amanerados, estupidizados seres humanos que, por pensar, ver, actuar, creer e intentar DIFERENTE, se creen mejores.

 

ESO ES DISCRIMINAR, EN EL PEOR SENTIDO DEL TÉRMINO.

 

A ellos, no me tiembla el pulso al señalarlos como pobres, escasos, míseros, errados, poco valiosos y muy manipulados seres humanos, que han creído que su verdad debe ser la de todos -y por consiguiente, también la mía- Y ESO NO SE LOS VOY A PERMITIR…

 

 

Montevideo, abril de 2018

“JUJUATFOR”

¡Quisiera que me explicaran

cómo va esto de ser !

 

¡Adónde va su sentido,

y quién uno viene a ser!

 

¡Quisiera ya comprender

si algún motivo hay en esto!

 

Si esto al fin es perfecto

o acaso un azar lo de ser!

 

¡Quisiera algún día saber

cuál la verdad escondida,

que hay detrás de la vida

para que valga a Ella la tener!

 

Si es,

ser,

un gran premio,

¡bonito!,

o en cambio es una condena,

 

o acaso una simple arena,

que de lucha

por

y para

ser

 

¡¡Quisiera entender al todo!!,

¡al lodo usual de la gente!,

¡al “cielo” que dicen o entienden

aquellos que ven más lejos!:

 

.. a un paraíso manifiesto,

un algo único y probo

donde el Hombre y el Todo

conforman el Infinito

 

 

 

 

¡¡Quisiera hoy ya yo saber

si es cierto lo que yo creo!!:

que es un ocaso

que pobre y feo

de un inicio

que Ayer,

cuando Un Alguien lo quiso Hacer

a este particular mundo térreo

 

 

Pero me temo que no puedo,

no alcanzan mis escasos recursos

para comprender si este mundo

es digno de estar y de ser

 

y de que intente yo hacer

con mi porción de la torta,

que él ¡mejor hoy que ayer! ..

o bien si que eso

NO IMPORTA