REENCUENTROS

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Y como siempre,

ella me acompaña.

Me susurra en la espalda,

me conmueve,

me eriza.

Apacigua,

profundiza.

Invita a más.

Invita a compañía.

Me olvido de todo contexto.

Me sumo en un ensueño gris y blanco,

con un ruido blanco y un cielo negro.

Una sinfonía natural brinca en los cristales,

improvisados instrumentos.

Un arte básico,

sempiterno,

en el que reencuentro mis antepasados,

a mis pasados,

a mis miles yos de antaño.

Con este tiempo me engaño,

voluntaria y alevosamente.

Me miento la realidad.

Me sumo en fantasías.

Me revuelvo en una gozosa surrealidad.

Me olvido de todo. De tanto que me acuerdo.

Son infinitos momentos compartidos.

Óperas enteras bajo el zinc.

Arrullos perfectos para interminables siestas.

Festejos de mi sensibilidad,

compinche de la naturaleza.

Por una vez más, ella me entiende.

Me atiende.

Me rodea.

Sin consideraciones.

Me inunda de goce.

Me llena de lo que necesito. Me obliga…

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UN MAL SUEÑO

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Desperté

con la ilusión de que

sí,

que tú existieras

De que el tiempo compartido

una ilusión no,

no fuera

De que allende a la montaña

en un lugar que a remoto

existiera tal bella dama,

con un corazón de oro

Desperté

y me asusté cuando no,

no te encontraba,

y temí que yo soñaba

con alguien que nunca fue

Desperté

y luego pensé

y de a poco fui cayendo

en que

lo que volvía a suceder?,

que te extrañaba,

y que estabas lejos

Desperté

y me dormí,

para seguir con ese sueño:

de que estuvieras aquí

y de que fuera tu dueño

Pero no,

no lo logré,

me quedé casi en un limbo

entre ese sueño de ayer

y este hoy,

de olvidado amigo

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La razón de la Venida …

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Fue dándose espontáneamente.

Como un todo.

Como un uno.

Una cosa llevó a la otra, y esta lo continuó.

Entre tragos compartidos y besos entremezclados,

las dos borracheras sucedieron, sin remedio.

Afuera,

un submundo.

Destellos y voces raras,

todas ajenas,

todas lejanas.

La música pasó a ser nuestra

y nosotros de ella.

El ansia de tocarnos improvisó, de un abrazo, un baile.

El roce incitó a los besos aquellos, los que verían impúdicos hasta los más osados franceses.

El taxi vino del cielo.

No importa -porque no lo se- cómo, pero llegamos al apartamento.

Las exigencias mutuas de hacer silencio, “por los vecinos”, tan sólo hacían aflorar esotéricas carcajadas;  que nadie parecía oír.

El ascensor nos esperaba,

pero se hizo rogar para llegar hasta arriba.

Encerrados en su metálica caja, el calor de la pasión se hizo insoportable.

A los tropiezos llegamos, al fin.

Si bien con el empuje del…

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