COLECTIVIZANDO DOLORES

LA REPRESIÓN EMOCIONAL

(Y SUS CONSECUENCIAS SOCIALES MÁS VISIBLES)

 

Nuestro mundo interior es muy rico y complejo. Nuestra realidad exterior también, y condiciona, afecta y conmueve a calidad y contenido de la primera.

 

No todo lo que sentimos se siente bien, estamos en paz con ello. No todo lo sentido es conciente, nos damos cuenta de ello. No todo lo que nos pasa adentro es fiel correlato de la realidad interior. Ni, tampoco, de nuestra historia. Ni de nada. La vastedad, riqueza y complejidad, así como lo crucial de la vida interior es clara, es obvia, es manifiesta.

 

En todo momento y escenario, estamos y actuamos haciendo una componenda de todo lo que somos, de lo que nos pasa, adentro y afuera. Las fuerzas intervinientes no son descriptibles taxativamente, y si bien por la psicología se viene sabiendo cada vez mucho más de ciertos “mecanismos” internos regulares, comunes, habituales, en el caso particular de cada individuo concreto, ni siquiera él mismo es dueño total y conciente de su más absoluta verdad.

 

El cómo nos sentimos es cambiante, momento a momento. Este sentir es a la vez una fotografía instantánea de lo que en un determinado momento nos pasa, y también es una película que se viene dando desde que tenemos conciencia, que mantiene una cierta coherencia, que va cumpliendo con al menos un cierto perfil de guión. Pero que puede cambiar, drástica y abruptamente, o también gradualmente.

 

Tenemos, estamos dotados, contamos y vivimos inmersos en la percepción de todo lo que nos rodea. También, estamos “detrás” de un “filtro de percepción” quien nos genera la imagen de todo ello. Ese filtro no es conciente totalmente, no es permanente, no es predecible, no es ni siquiera conocido ni absolutamente propio, exclusivo. A él se lo conforma de una forma que puede decirse “automática”, por “nosotros” mismos; por un nosotros vago, indefinible, maleable, a veces inaccesible, utópicamente cognoscible.

 

La conformación de tal filtro de percepción es permanente, es variable, es cambiante, y en detalle nunca es predecible, si bien ciertos de sus aspectos, en cada caso de un individuo en particular, tanto como en la generalidad de nosotros, pueden ser predecibles con cierto grado de probabilidad y de plausibilidad. Pero nada más.

 

Más allá de los cinco sentidos físicos que ofician de interfase con la realidad exterior, y que nos la “pintan” a través de las sensaciones que excitan nuestro sistema nervioso y lo incitan a reaccionar; más allá de ellos, nuestra interioridad tiene su dinámica propia. Podríamos imaginarnos estando libres de todo estímulo exterior por los sentidos, y sin embargo resulta claro que interiormente estaríamos sintiendo, percibiéndonos, viviendo en una realidad interior, subjetiva y prescindente de dichos estímulos.

 

Esa interioridad vive, aún en ausencia de reconocibles estímulos exteriores. Y por tanto, siempre tenemos reacciones internas, o acciones, que denotan nuestra vitalidad interior.

 

Reaccionamos a lo que percibimos mediante nuestro cuerpo emocional. Lo que nos sucede -también interiormente- nos genera cambios de estado, que se llaman emociones. Estas, son sempiternas, originarias de nuestra más primigenia vida, permanentes aún en nuestro innovado, desarrollado y acrecido cerebro actual. Las emociones conforman un aparato reactivo primario, básico, ineludible y primario, que genera luego mecanismos subsecuentes que llevan a generar acciones, tanto motrices como meramente cerebrales.

 

A las emociones suceden las sensaciones; y a estos, los sentimientos. Varía, entre las primeras y estos últimos, tanto la rapidez de su aparición y desaparición, como la conciencia que tenemos de ello, de sentirlas, y de procesarlas; y de adquirir en forma más o menos permanente, sus consecuencias.

 

Lo que sentimos constituye un cuerpo: el cuerpo emocional. Tanto por analogía al cuerpo físico, notoriamente integrado e indivisible en su funcionamiento, como en el sentido lógico, de “cuerpo” con ya no sólo una estructura sino una lógica, un funcionamiento, una estructura y una intención “corporal”, eso es, sistémica.

 

No todo lo que sentimos se percibe igual. Si nos percibimos felices, ello es llevadero, fácilmente aceptable e integrable por nosotros. Lo que se siente bien generalmente se realimenta en un sentirnos mejor, incluso después o más allá de lo que nos hizo sentirnos bien.

 

Lo que no se siente bien, no lo recibimos bien, muy en general. Y hay grados: un dolor agudo es menos sostenible que una tristeza; un abandono es, análogamente, más tolerable en general que el efecto de un miedo atroz. Etc.

 

Así, nos sentimos en nosotros mismos en forma diferente con lo que nos pasa, que es producto de lo que somos, de cómo somos, y también, en considerable grado y manera, de lo que sucede “afuera”.

 

Lo que se siente mal también se realimenta en nosotros. No nos gusta sentirnos mal. Según lo que sea, haremos más o menos, en forma más o menos urgente, haremos por cambiar ese sentirnos. Que recordemos es, el resultado de cómo percibimos pero también de cómo procesamos nuestra percepción, a través de nuestra autopercepción, a través de nuestro cuerpo emocional, a través de nuestra personalidad y ánimo actuales.

 

El estado íntimo, profundo, existencial, vital de un individuo es omnipresente en todo lo que le pasa. Lo que no significa que dicha presencia sea notada o más, tenida en cuenta. El efecto de ese estado es, en consecuencia, también omnipresente y omni afectador, en la medida en que se realimenta en el propio estado del individuo, por la percepción o grado de percepción de este de sí mismo, o por lógicas profundas de nuestro ser, en su infinita complejidad. Nada de los que nos pasa deja de pasarnos. Puede no trasuntarse pero nos sigue pasando. Podemos no darnos cuenta y no reaccionar concientemente; y podemos darnos cuenta, creer que controlamos cómo reaccionamos, y en consecuencia, afectar en principio como pretendemos, cómo eso nos afecta. Pero esto es una vana ilusión: no podemos controlarnos, en la más recóndita, compleja, profunda, infinita profundidad de nuestro ser.

 

Pero la ilusión está, y nos gusta vivir de ilusiones. Nos gusta creer que “controlamos” lo que talvez ni siquiera meramente controlemos. Podremos controlar algunas cuestiones del mundo exterior, pero muy pocas, y muy parcialmente, controlar lo que nos pasa interiormente. No estamos “sometidos” a una irremediable realidad, pero tampoco somos capaces de ejercer realmente un control: eventualmente, creemos controlar las reacciones, pero muy poco prodemos controlar el efecto, la dimensión y la forma de dicho control de las reacciones.

 

Los efectos de lo que nos pasa, que percibimos “incómodos”, son sujetos a ser muy probablemente reprimidos. Dependerá de nuestra tolerancia a dicho efecto, y de nuestra actitud para con nosotros mismos y para con la existencia: si la concebimos a esta como un jardín del placer, cualquier displacencia nos disparará efectos represorios/represivos.

 

En la actualidad de hoy, el común de la gente vive desconectado de su esencia, de su sí mismo real, auténtico, profundo, natural. Ello se debe a multicausas, como por ejemplo la sobrexitación de los sentidos, la sobre información, la calidad de los contenidos y el concepto actual de lo que es vivir. También, de cuestiones más prosaicas, como la realidad económico laboral, y etc etc.

 

En el contexto señalado, es fácil presuponer la presencia de un importante grado de desconexión, sea esta individual, como social, como humana en general. Y esta presunción es fácilmente constatable como integrante de la realidad actual. Agregado esto al conjunto de valores actuales promovidos, más frecuentemente asumidos, por “todos”, el universo de dicha represión pasa a ser sugerido como por “todo el mundo”, como escenario más probable. Y así lo es.

 

Repasemos. La represión es el resultado de una reacción interna, más o menos automática o mecanizada, poco conciente en toda su inmensidad, la que proviene de querer modificar nuestro estado de vivencia de lo que nos está pasando. En un momento, lugar o época o contexto determinado. Esa reacción, plausible y bastante natural, en la medida en que se vuelva principal, automática -o sea inconciente totalmente- y autónoma, tanto más perjudicial para el individuo se volverá. El buscado efecto de cesar, mitigar o cambiar un sentir, volviéndose así habitual, hace que la persona se aleje cada vez más de lo que realmente pasa, de lo que le pasa, de lo que siente, y de lo que es.

 

La represión, entonces, realimenta uno, sino el principal de sus orígenes o causas: la desconexión existencial.

 

Es prácticamente imposible vivir sin un cierto grado de represión. Creo que hay un cierto grado, forma e intensidad de represión que resulta funcional, a la vida; a la vida propia, individual, y sobre todo a la vida en sociedad. La cuestión comienza cuando la realidad pasa a ser “el color” predominante en nuestra realidad subjetiva.

 

La alternativa a la represión es la no represión; la cual resultaría de un estado de alerta pasivo permanente ante los estímulos recibidos y las reacciones incipientes en nosotros, para tomar eso todo que nos pasa completamente y sin modificación, y reaccionar “perfectamente” desde nuestra más impoluta realidad. Algo que algunos iluminados dicen que existe, “que podría llegar a existir”, los corrijo rápida e irrespetuosamente.

 

Por lo ya dicho, la represión no es “buena”; por lo que trasunta, por lo que genera, por lo que augura. La represión nos aleja de nuestra más íntima e impoluta realidad, y también de la correspondiente externa en la que estamos inmersos, haciendo que nuestro estar, que nuestra reacción, que lo que hacemos para seguir en ambas, provenga de lugares que contaminados, que amordazados, que soterrados, que desconocidos, que mutilados.

 

Aparte de lo dicho recién, considero que el peor efecto de la represión es lo que nos lleva a hacer, a ser, a responder.

 

De entre muchísimos efectos que hoy veo, socialmente hablando, que son el resultado de la represión generalizada, habitual y colectiva; de entre un vasto espectro de ejemplos, hoy destaco aquí las consecuencias sociales que veo más insanas y habituales: la de la emergencia permanente, continua y sistemática de conjuntos de individuos, de grupúsculos, de grupos más o menos numerosos, que se juntan y que se constituyen en “colectivos”.

 

El estado de continencia de lo reprimido, por lo que se dijo arriba; el mismo, producto de que la sociedad misma “legisla” en su contrato social, qué, cómo y cuánto se debe expresar, de lo complejo, duro y difícil de nuestras interioridades humanas (todas, muy parecidas entre sí, y esencialmente iguales). Dicho estado, que ocasiona un peso importante, una pesadumbre, una pesadez en el individuo, la que mal maneja en general, también reprimiéndola; dicho estado lleva a “simpatizar” con quienes “se atreven” a expresar algo que se sienta “parecido” a “lo que a mí me pasa”.

 

Hay una -insana, pero real- empatía entre quienes comparten un dolor, una miseria, una carencia, una cierta carga, generalmente vagamente definida en lo concreto, pero fácilmente asimilable a otras, desde afuera.

 

El muy potente efecto liberador de la expresión de lo reprimido, o de las consecuencias resultantes de lo reprimido, mejor dicho, tiene un efecto convocante, es un llamador a que “otros” que les pase “parecido” (mejor) o que simplemente “se sientan tan mal” sea por lo que sea “como yo”, verán allí una posibilidad cierta de expresión, de expresarse, de liberarse; de despotricar.

 

La expresión de lo reprimido genera un claro alivio; la expresión del estado anómalo asociado a un estado general represivo, del origen que sea, en un individuo, es casi como el efecto de una explosión: se descarga una sobrepresión, una carga, un peso, una pena.

 

La expresión de lo reprimido, la exteriorización de ello, en general de los efectos de reprimir, más una denuncia de sentirse mal por hache o por be, es aliviador, pero no es nada más. El alivio no es la sanación; la catarsis no es parte integrante sine que non ni permanente del proceso de sanar una determinada herida, pérdida, dolor. La sanación se alcanza con la plena toma de conciencia de todo el proceso actualmente represivo, sin necesidad pero no obstando, sin necesidad de expresar cabal literal y “originariamente” lo que se siente, el estado de situación profunda en el que se está, producto de ya no sólo la herida sino de su represión.

 

Lo que hoy está pasando, ergo, no son necesariamente -ni probablemente- instancias sanadoras de la represión generalizada en la que vivimos: son, muy probablemente, meros alivios -por expresarlas- de lo que sienten los individuos en un estado de situación íntimo, interno, profundo y vital, de lo que les está pasando en sus vidas.

 

Las instancias de exteriorización suelen ser “cruentas”. Suelen ser explosivas, suelen ser tales que se dan cargadas de una energía, de una fuerza, que las hace confundir con potentes y propendedoras de buenos cambios. Sin embargo, son tan “potentes” para generar un verdadero cambio del estado que sea, como el darle un puñetazo a alguien con quien discutimos. O sea, no garantizan nada, por ser estentóreas, explosivas, violentas, etc.

 

Si el estado de expresión de las consecuencias de lo reprimido, de la represión misma, no va acompañado del proceso aquel cuyo primer y sine que non ingrediente es la toma amorosa de conciencia de lo que está pasando, de lo que es y de lo que somos, muy poco “positivo” será de esperar.

 

Por lo tanto, poco es de esperar, me temo y creo, de lo que hoy está pasando: que haya grupos más o menos numerosos, que se conformen, junten y se sientan convocados por la posibilidad de expresar lo que sufren: por sus heridas, por sus frustraciones, por sus carencias, por sus historias personales concretas, por sus vidas, que sienten “desgraciadas” (sin decirlo peyorativamente).

 

Poco -y malo- es de esperar de movimientos que esencialmente colectivizan la expresión del dolor, de las heridas, de las carencias, de la frustración, y que no hacen nada más. Poco -y malo- es de esperar de movimientos que expresan su dolor desde su lugar de dolor y desde la lógica de la reacción. Poco -y malo- es de esperar de quienes se juntan por parecido y asimilación a otros que talvez compartan miserias, pero que definitivamente manen realidades propias individuales diferentes; más allá de lo tentador que sea “encontrase con sus iguales”.

 

Buena parte -sino la mayoría- de “los colectivos” de hoy, denuncian mediante el choque -sino la violencia- realidades indiscutibles, muchas de ellas generalizadas, que les pesan en sus vidas. Todos, me temo, lo hacen, en ritmo de “denuncia”, señalando culpables y autoexcluyéndose a sí mismos de toda posible responsabilidad. Todos ellos denotan sin lugar a dudas en sus manifestaciones “colectivas” el hecho incontestable de estar sufriendo (puede haber infiltrados, con otros fines; pero a ellos no los considero en este texto, hoy), de sentirse mal, de tener una vida que no les complace, de que la misma no está en paz, de que no gozan de su existencia.

 

Así, a mí no me cabe ninguna duda que el primer y principal efecto que obtienen “en los demás” es el rechazo. Un comprensible rechazo: porque, y por lo dicho aquí a lo largo del texto, muy poco o nada aporta al real proceso de sanación, individual tanto como colectivo, el sumirse en el barro, el escupir desde allí, el de iracundos levantar sus dedos índices señalando “a los demás” como “los culpables” de “lo que les pasa”.

 

En tanto no se modifique esta dinámica preponderante hoy, poco habrá de esperar, en cuanto cambios hacia una vida colectiva de mayor goce y paz, colectivamente hablando.

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