LA RISA, COSA SERIA..

“REÍTE NOMÁS”

Se dice, se sabe, se cree; “parece ser que” la risa hace bien. Es un aserto que abarca desde ser “un lugar común” hasta para muchos entendidos con lo espiritual, es una verdad en este aspecto de la vida.

Hay algunas definiciones por ahí de lo que es la risa; en general malas, escasas o parciales. Más allá de buscar y lograr alguna descripción acertada y con la que la mayoría convengamos que “eso es la risa”, lo cierto es que todos bien sabemos lo que es reír.

Lo primero que viene a la mente en cuanto se habla de reír, es que hacerlo nos hace sentir bien. Lo otro que enseguida emerge es el carácter explosivo, o intempestivo, o involuntario o reflejo del acto de reír.

Hay bastantes estudios que han mirado hacia el lado físico de los efectos de reír, y los describen beneficiosos. Por otra parte, todos llegaremos fácilmente a convenir que “es mejor reír que llorar”.

Su carácter o aspecto incontrolable, en buena medida, hace que a ella se la puede buscar evitar, reprimir. La risa a veces tiñe de un carácter informal, desconstraído, irrespetuoso o poco solemne a un momento o circunstancia, y ello nos lleva a que, si adviene de todas maneras, busquemos rápidamente contenerla; “por inadecuada”. Lo cual no siempre nos es posible, ni siempre nos hace bien.

Si bien ese carácter reflejo o incontrolable de la risa, también es cierto que se la puede provocar. En un contexto determinado, en un asunto determinado, en un momento, lugar y circunstancia determinados, podemos estar de hecho más propensos a reírnos, y hasta a hacer porque la risa surja o se sostenga.

El disfrute de reír no se circunscribe al interior de una persona. Sus manifestaciones son múltiples, y todas o su mayoría, son más o menos estentóreas, visibles, externas. Por ello, quien ríe trasmite su risa e invita o promueve la misma en otros, que cercanos o afines al contexto que le dió lugar. Eso le da un carácter adicional de socializadora, genera un compartir involuntario, inesperado o promovido, en general por más de uno.

Las sensaciones alrededor del acto de reír son variadas y hasta complejas, por decirlo así, siendo que además de tener sus manifestaciones físicas típicas asociadas, sus efectos instantáneos son muchos más. Hemos citado recién, el efecto externo, “social”; y se verá más adelante, los efectos psicológicos o hasta espirituales de reír.

En el momento de reír hay una sensación dominante que hace cesar, prácticamente, todo otro aspecto del momento y lugar en que quien ríe esté. Nos domina una sensación explosiva, incontenible, que desplaza a cualquier otra postura o consideración. Esto hace que muchas veces el reírse resulte incómodo y también, inadecuado.

Pero, centrándonos en lo que nos pasa a quienes reímos, a quien ríe, digamos que se sobre impone al tono general en que veníamos estando, un “espíritu” o ambiente o tinte difuso pero muy concreto y potente, que hace que de hecho “nos olvidemos” de casi todo lo demás (aunque muchas veces, segundos después, apenas, reconstituyamos voluntariamente y mediante la represión de lo que sentimos, el ambiente actual al previo, o a uno más adecuado que el resultante de la explosiva, intempestiva risa que emergió).

Esta potencia que tiene el reír, su tinte, tono, color de goce con el que indudablemente cuenta, así como el hecho de que por ella, se “desplaza” a casi que todo otro contexto -sobre todo interior, individual, propio- ello hace que reír “nos atraiga”, nos guste; que busquemos hacerlo; que convengamos muchas veces promoverlo; con la intención, en la búsqueda de, con la pretensión de generar esos y muchos otros más (la socialización, por ejemplo) efectos agradables de reír, y de controlarlos y administrarlos.

Todos somos bien concientes de que el flujo constante, irrefrenable casi, de nuestra conciencia habitual (“lo que pensamos”) nos “lleva” por muy variados lugares internos, en lo que pensamos, en lo que sentimos, en cómo nos sentimos; y en consecuencia, y variando de una a otra persona, en lo que hacemos con ese fluir que vivimos, interno.

Este, propio, único y a veces hasta insondado en toda su inmensidad, este “nos somete” (con algún grado de control de la voluntad) a un “estar” complejo, interactivo con lo que nos pasa y dependiente de un cómo que depende en algo de nosotros, pero en mucho más, talvez, de otros que no nosotros.

En general, muy en general, este proceso interno “de pensar” va surcando senderos que acompasan nuestro ánimo a nuestras circunstancias. El mismo va resultando de nuestro empeño, de nuestro hacer, de quienes somos, de cómo nos somos; de nuestras expectavivas, etc.

Muy en general, y en todo caso a los efectos de lo que queremos trasmitir aquí, muy en general ese decurso del flujo de pensar nos transporta a momentos, ambientes, circunstancias, hasta “pensamientos” no agradables, molestos, exigentes, tensos; los que invitan, por ese sentirnos mal, a “hacer algo por” salir de ellos. Dependerá de muchas cosas, y sobre todo de cada uno, si esto se da, cuánto y cómo, y si eventualmente prepondere sobre otros sentires internos. Así como su frecuencia y oportunidad (no a todos nos hace sentir tensos, por ejemplo, lo mismo).

Planteado este escenario para continuar con nuestras consideraciones, lo que vamos a expresar ahora tiene que ver con una actitud bastante usual, natural incluso, pero no inevitable (y sana de evitar o controlar, en cierta medida y muchas veces) de “zafar” de nuestro “sentir”: vale decir, de reprimirnos en lo que no nos gusta, nos molesta, no controlamos, nos lastima, etc etc.

(Filosóficamente, nuestra preocupación hoy sobre esto reside en el credo de que todo lo que nos pasa, interna y externamente, es aprovechable a nuestro favor; así, la actitud de rechazar, de negar, de prescindir, de reprimir “parte” de lo que nos pasa, es, al menos, una desgraciada actitud en función de lo dicho. Puesto que, al cercenarnos parte de nuestra vivencia concreta, estamos ciertamente coartando nuestra posibilidad de mayor conciencia, de mayor conocimiento y aprendizaje, de mayor comprensión, de tanto lo que nos pasa pero sobre todo de nosotros mismo. Vale decir, que haciéndolo, obstamos a, mediante la autoconciencia -y el amor propio- conocernos más y mejor en quiénes somos, para desde allí, eventualmente y también desde lo constructivo, lo amoroso, con la mejor intención, elaborar nuestras realidad para seguir adelante en el proceso de vivir, siéndonos cada vez más quienes realmente somos, y convirtiéndonos cada vez más -otra parte del credo- en una mejor persona, en un ser humano más íntegro, y por todo ello, propendiendo a un estado de alegría, de goce, de sana felicidad conciente, en nuestra vida y también afectando en el mismo sentido a la de los demás).

Retomando el hilo planteado, otro lugar común, cierto, sabio, constatable, real, es que “todo va en la medida en que sea”. Vale decir, los extremos, los excesos, los abusos, las carencias, pueden tornar “un algo”, de benévolo o benéfico, “positivo”, en todo lo contrario; o al menos coartar aquellas, sus primeras o más típicas o esperadas cualidades.

Esto vale para todo. Y también, creo, vale para la risa.

¿Por qué nos ocupamos de esto hoy?

Es notorio, o al menos eso creo, que estamos en una época de superficialidad. En un momento de la humanidad en donde vivir ha cambiado grandemente con respecto a no tanto tiempo atrás. Este cambio pasa, se constata en muy variados aspectos de la vida: tanto materiales como psicológicos y hasta espirituales.

En lo material, el progreso tecnológico ha “trastocado” grandemente el estilo de vida de los viejos tiempos, incorporándonos en forma perentoria y de cierta manera “desconsiderada” a una actualidad en donde todo es más rápido, en donde muchas cosas son más fáciles, en donde las preocupaciones son diferentes, en donde los estilos han cambiado, en donde las conductas, las expectativas, los valores y los sueños son diferentes a los de antes. Muy diferentes.

El sustrato más visible y aceptado por todos de hoy, es el consumismo. Esto es, hoy, el placer de vivir, el realizarse, el disfrutar, el tener éxito pasa mucho más que antes por la prosecución/consecución de un algo tangible, material o émulo, o sucedáneo.

Hoy vivimos en una parafernalia en donde el “tener” importa mucho más que el “ser”. El “lograr” es el motor primero, dejando cual secundarias al menos, algunas otras cuestiones que antes pesaban más; como el modo, la oportunidad, y el contenido concreto que se pretenda lograr.

Las conductas humanas, que son el caldo de cultivo y “sus hortalizas” también, de la “sopa” que es la sociedad, las conductas humanas muestran también esos cambios. Y es fácilmente visible la rapidez, el apuro, la fruición, la ansiedad, hasta la “obligación” de cumplir con las hoy convenidas, pautas de vida que “nos muestren” (¿?) como felices, exitosos, disfrutando de la vida; realizados.

Por así decirlo, en el conjunto de las conductas actuales, pesa mucho la búsqueda del placer, el logro de las satisfacciones. En esto, y como siempre fue así la vida, en esto suelen aparecer dificultades, obstáculos, impedimentos, demoras; como siempre las han habido. “Somos”, más o menos todos, una “generación” de sibaritas, de empeñosos procuradores de placer, hedonistas a ultranza. Y esto no está tan mal, pero talvez sí lo de “a ultranza”.

Las referidas condicionantes habituales de la vida, en cuanto a que la vivamos a plenitud y goce (esto, en la medida y forma en que cada uno lo defina), esas condicionantes hoy son mucho más intolerables para la mayoría de la gente. Hay, sin dudas, una menor tolerancia al fracaso, una mayor ansiedad por el logro, una “tirria” a todo lo que obste, aún transitoriamente, a un proceso -que se pretende lineal, o casi- de ir logrando lo que nos hemos ido pautando como “necesario” para que nuestra vida sea como dijimos, plena y gozosa.

Esto, que exterior, visible, constatable, esto es el reflejo, es el correlato externo de una semejante actitud interior. Una actitud interior que ha ido exacerbando el rechazo a vivir todo lo que no sea simplemente alineado con el goce, con el logro, con la “felicidad”. Una actitud que, como vimos, propia y natural humana, la que hoy se ha vuelto extrema, en base a los nuevos preceptos culturales de formas, tiempos, contenidos y “permisos” para todo lo que se apetece lograr.

En consecuencia, no estamos si no extremando un comportamiento natural humano, de alejarse de aquello que no le gusta, que le molesta, que no sabe, que por alguna hasta obtusa, arbitraria razón, “no quiere” para sí. El balance anterior, antes de esta complicada época, eran: la conciencia de lo trascendente de la vida, la noción de que crecer es importante para todo y para todos, la actitud respetuosa, amorosa, con todo lo que la vida presenta, la sabia comprensión de que en ella, no todo es bueno, liviano, “positivo” en el sentido banal en el que hoy nos manejamos. Esas, y otras muchas cosas que oficiaron de balance a la actitud de cómo vivir, esas se expresaron, cuajaban en los modales, en las buenas costumbre, en los valores, en la moral, en el concepto de buena gente y de un buen hacer.

Es justamente en la erosión que han sufrido esas cuestiones que contrabalanceaban el vivir, haciendo que este no se viera como hoy sí, en un simple proceso mecanicista, materialista, de prosecución y de consecución de placeres y de otros hitos o materialistas, o vanos, si bien no materiales. Es en ellas que hoy se ve claramente “el efecto millenial”, el despliego y el efecto de ese sustrato de la vida actual, con todas sus aberraciones, con sus extremismos, y con sus sesgos, errores, sus prescindencias, de lo otrora sabido, consabido y vivivo habitualmente, profundo y sano; y del cese casi total, de otras consideraciones, allende a las de “supervivencia” (esta, además, vista en el contexto ya descrito, de imperiosas y vanas necesidades, artificiales las más).

¿A qué viene todo esto, a propósito de lo inicial, lo de la risa? A que en esa liviandad actual, en ese superficialismo asumido, a esa liviandad moral y ética, la risa ha tomado un papel relevante para consumar esa liviana actitud de vivir pero “consumiendo” todo, y hasta la propia vida.

Como vimos arriba, la potencia intrínsica que conlleva la risa, la ha vuelto un recurso que apoya fuertemente muchas de las actitudes actuales que subyacen o que son evidentes en esta época, en esta sociedad de hoy.

El caracter evasivo de la realidad, que la risa puede generar, puede conllevar; el cambio del tono de gravedad, de solemnidad, de reverencia o de respeto, que la risa puede acarrear; el goce momentáneo, explosivo, sustituyente “automático” de otros incómodos sentires; todo ello, al menos, hace que la risa, hoy, sea una buena herramienta para vivir como hoy se concibe que está bien vivir.

Esta realidad se la puede constatar en casi todos lados: los espectáculos hoy son cada vez más livianos, apelan sistemáticamente a la risa, y para hacerlo, lo hacen desde casi que cualquier punto de vista: de la burla, de la sátira, del humor denigrante; de los contenidos que habitualmente generan “humor”, aún cuando estos puedan ser discriminatorios, violentos, enfermizos.

Esta realidad también se la constata en el poco “peso” de lo profundo, de lo sano, de lo tradicional (esta palabra es hoy casi una mala palabra).

Socialmente, las exigencias de antes, para llevar adelante un acto social, una reunión, un evento, hoy pasan mucho más por ya no sólo el consumo de determinadas y pautadas bebidas, humos o comidas, sino que también hoy simplemente se busca “´pasar el rato”, “divertirse” o “entretenerse”, sin mayores ulterioridades. Hoy, “pasarla bien” es, mucho más que antes, ya no sólo atender el consumo sino realizarlo con excesos, incluso barriendo con las limitaciones sociales anteriores que dichos abusos -o algunos contenidos, como la droga- limitaban -y sanamente- un hacer social, y conllevaban y propendían a una vida en colectivo pautada por actitudes y comportamientos más sanos, profundos, conducentes; vitales.

Hoy, tanto en radio como en televisión, podemos fácilmente encontrar propuestas cuyos contenidos se basan, casi que exclusivamente, en generar la risa: los bloopers, el cotilleo liviano sobre “personajes” también livianos, si no vacíos; la burla de ya no -como siempre lo hubo- las autoridades sino también de lo institucional, a través del ridículo, a través de una crítica velada, de un juicio lapidatorio para quienes por su forma de ser y talvez por su quehacer o formación, aún mantenemos en ciertos grados, el respeto, la formalidad, la solemnidad, la esencialidad de las cosas en la vida.

Hoy, reírse está bien visto.. y no importa ya casi de quién ni qué conlleve o suponga ese reírse.. Hoy, las masas ríen, fácilmente, se regodean en una risa fácil, generan códigos que apoyan un quehacer liviano, y viven así imbuídos en una realidad alterada, manoseada y pervertida por las pautas que, implícitamente, van generándose, para que “todo” sea risible, objeto de risa, coadyuvante para reir ..

Este panorama penoso no sólo lo es por su contenido, por lo que trasunta o evidencia, sino porque no propende a otro que no sea él mismo: hay una realimentación positiva, en la liviandad, en la vida sin “complicaciones”, en la vida laxa de preceptos morales y estéticos. Lo que se vive “goce” y es “fácil”, se tiende a repetir. Sobre todo cuando, como ya dijimos, los contrapesos anteriores -en personas y en valores, en actitudes y en acciones de vida concretas, antiguas- esos contrapesos hoy están soterrados, pervertidos o lisa y llanamente muertos, desaparecidos.

Reír está muy bien .. Es un acto de goce, íntimo, interno, positivo, socialmente conducente .. Reír es también un acto espiritual, en donde se da una integración -por la risa- de contextos que racionalmente pudieran no haberse visto integrados. Es una válvula de escape pero también una vía de acceso a nuevas formas de vivir, a nuevas vivencias a partir de lo conocido y habitual.. Reír es sano, intrínsecamente, porque nos conecta, nos evidencia, nos abre los ojos, nos lleva a los demás, nos junta, nos enseña .. Pero, y como todo es, si nos permitimos verlo, todo es bueno, en la medida en que es bueno: el desmadre, el exceso, la torcedumbre, la negación, la parcialización, el rechazo, la elección dolosa hacia otros lugares que no sean los naturales, todo ello alimenta, sostiene y propende una manera de vivir como la de hoy, en donde “todo es motivo de risa” y nadie o casi nadie se da cuenta de su contracara: del irrespeto, de la inconciencia, de la elección torcida hacia una menor conciencia; de la negación implícita de tomar la vida en toda su extensión y esencialidad, complejidad y diversidad .. A valorarla en tanto oportunidad, en la que habrán cuestiones que no se sientan agradables pero que de alguna manera que talvez cueste o que no se logre comprender, sin embargo conducen a que seamos, todos y cada uno, más humanos, más integrales, más sanos, más esenciales, honrando profundamente por serlo, esta oportunidad única que es la vida ..

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